La génesis del huachicol

5 Ago. 2025 2:49 pm
“El huachicol es un problema tan serio que lo defino como un desafío de seguridad nacional y seguridad interior, cuya resolución exige estrategias de Estado permanentes, y no sujetas a vaivenes, manejos o sesgos políticos”.
ANA LILIA PÉREZ | Pocos negocios criminales involucran tantos participantes como ocurre con el huachicol: el robo, ocultamiento, almacenamiento, transporte, distribución, posesión y comercialización ilegal de combustible son delitos que cometen empleados o exempleados de Pemex coludidos con otros del sector aduanero, portuario, policías, transportistas, empresarios gasolineros, industriales, del sector financiero, y hasta integrantes de cárteles de la droga; es decir, que incluye a delincuentes que se ensucian las manos maniobrando el combustible, junto con delincuentes de cuello blanco, los que proporcionalmente se llevan la mayor parte de las ganancias. Es crimen organizado, el Cártel Negro, como genéricamente le he denominado.
Además, como eslabón final de esa cadena, puede involucrar directa o indirectamente a cualquier persona que lleva su vehículo a una gasolinera y que desconoce que lo que le están surtiendo es combustible que fue robado o traído al país de contrabando, o cuando se compra algún producto en cuya manufactura se utilizó combustible que provenía del mercado ilícito, porque los hidrocarburos robados o contrabandeados también lo compran empresas de logística, de la industria, negocios de todos tamaños. Por ejemplo, en la zona del Bajío, en estados como Guanajuato o Querétaro, los de mayor trasiego y comercialización de combustible ilegal, hay fábricas, ensambladoras, refaccionarias, talleres mecánicos, vulcanizadoras, centrales camioneras, transportistas, que son clientes de los huachicoleros.
Pero, para mayor entendimiento de la manera en que opera ese descomunal Cártel Negro, el Cártel del huachicol, y de toda la problemática que por décadas ha causado en el país, comencemos por explicar el término huachicol.
Todo comenzó en Pemex, entre sus empleados quienes fueron tomando por costumbre el robo hormiga de gasolina, diesel, asfalto, que se producía en las refinerías y almacena en las terminales, hasta donde llegaban los pipatanques a que les cargaran el combustible que ellos debían entregar en las gasolineras y estaciones de servicio.
En el camino, el chofer repartidor encargado de entregar el combustible hacía un “cambio de ruta”, paraba para meter una manguera para sacarle parte de la carga, que trasvasaba en cubetas, en tambos, en bidones, y luego, para que no se notara la merma, para que el nivel no bajara, le rellenaba con otra sustancia. A esta acción le llamaba “huachicolear” (robar, rellenar, mezclar), y a lo robado, “huachicol”. Ese es el origen del término aplicado al robo de combustible.
Huachicolear las pipas se hizo prebenda de los empleados sindicalizados quienes, en las contadas ocasiones en que eran detenidos, recibían el manto protector del todo poderoso sindicato petrolero, el de La Quina, el de Chava Barragán, el de Romero Deschamps y su compadre Aldana.
La impunidad fomentó la práctica, que se hizo costumbre, tanto que, de plano, en refinerías, los empleados de Pemex empezaron a poner mangueras directas para sacar combustible, y venderlo en bodegones improvisados a los que llamaban “huachicolerías”, como los puestos que a pie de carretera vemos en varias partes del país.
Para los petroleros, hurtar el combustible se volvió tan habitual que entre ellos se sabía quiénes y cómo sacaban el producto: así estaban los huachicoleros, mamileros, tapineros, chupaductos.
Cuanto más crecía el robo, también lo hacía el mercado ilícito. Empezaron a sacar pipas completas de las terminales reutilizando facturas o sin factura.
Otro mecanismo, el más rentable por su volumen, es la sustracción vía marítima: producto transportado en buquetanque que, al ordeñarlo, registraban contablemente como merma. Ya desde finales de los años noventa, auditorías internas que ocasionalmente se hacían a Pemex habían identificado que lo que contablemente se registraba como merma en realidad era el combustible robado.
En la modalidad de robo vía marítima inicialmente se involucraban sólo buques petroleros y algunos contratados por Pemex para labores costa afuera, pero luego también cargueros, pesqueros y embarcaciones de recreo. Por ejemplo, en un modus operandi que coordinaban empleados de las terminales de Pemex: embarcaciones que zarpaban de Ciudad del Carmen recorrían 460 millas náuticas hasta Ciudad Madero, donde ilegalmente les abastecían de 600 mil a 800 mil litros de refinados por embarque, a veces para la comercialización en el país o el mercado internacional.
Es la misma ruta que usan actualmente para el contrabando también, porque además de robar combustible a Pemex, coludidos con dueños de gasolineras y de compañías de transporte y logística, metían combustible de contrabando, el denominado huachicol fiscal.
El huachicol fiscal, que en síntesis es contrabando de combustible, representa desde hace décadas un delito en que se han involucrado empresarios del sector energético de México y de Estados Unidos, quienes consiguen combustible robado o comprado a muy bajos precios por su ínfima calidad y, para ocultarlo, lo meten al país utilizando documentos falsos, facturas y pedimentos de importación apócrifos en los cuales se dice que traen otros productos. En algunos tiempos le llamaban “combustible genérico”, y así lo promovían entre los gasolineros.
Se trata de una práctica de larga data, incluso en los años 2001 y 2002 hubo muchas pipas y tractocamiones detenidos en Tamaulipas en los que se encontraba combustible de contrabando, pero como eran de empresarios con influencia en la esfera política, la autoridad, aun cuando los identificaba, terminaba por liberarlos, por la protección e impunidad que se les daba desde el ámbito gubernamental.
Al paso de los años, la Reforma Energética del peñanietismo, que abrió a los privados la importación y comercialización de combustibles en grandes volúmenes, se volvió una veta para el contrabando, porque utilizando permisos de importación como fachada, los beneficiarios de esos permisos empezaron a meter millones de litros de gasolina y diesel simulando que eran otras sustancias, como “aceites” o derivados, o falseando las cantidades y utilizando en ocasiones el transporte como “almacenes” improvisados.
Así se explican los recientes aseguramientos de cargamentos en buquetanques en puertos de Tamaulipas y en carrotanques de ferrocarril en Coahuila.
La articulación de las redes de huachicol es una muestra evidente de la imbricación del crimen organizado en estructuras que aparentan no serlo. Es decir, de lo ilegal disfrazado de “legal”.
En la ya larga historia del huachicol. Hay un punto de inflexión que fomentó que este delito se volviera macronegocio del crimen organizado trasnacional: el involucramiento de los cárteles de la droga con delincuentes de cuello blanco.
El Cártel del Golfo y Los Zetas, cuando operaban como socios, en tiempos de los Cárdenas Guillén, de los hermanos Treviño Morales, de Heriberto Lazcano, fueron los primeros que se involucraron “corporativamente” en el hurto de combustibles de Pemex para su contrabando y comercialización entre México y Estados Unidos mediante la sociedad que denominaron La Compañía.
Los clientes de La Compañía eran empresas estadounidenses a las que se los enviaba a través de las aduanas fronterizas en tractocamiones o vía marítima por puertos del sureste de Texas. Inclusive instalaron ductos para trasegar el producto.
Mientras, en el país otros cárteles también fueron tras el oro negro, en entidades como Guanajuato surgió un grupo local: el Cártel de Santa Rosa de Lima, cuyos integrantes antes robaron combustible para la Familia Michoacana, luego para el Cártel de Jalisco Nueva Generación y acabaron reclamando “los ductos” como propios, lo que recrudeció la disputa entre ambos grupos criminales.
El Cártel Jalisco Nueva Generación, organización criminal que surgió en los años del peñanientismo, es actualmente la que más participa en el robo y contrabando de combustible en los mecanismos y rutas que antes tuvieron Los Zetas. Muchos de los delincuentes de cuello blanco con quienes opera lo hicieron antes con la llamada Compañía.
Lo mismo ha pasado en regiones del sureste. En estados como Tabasco, los huachicoleros que antes fueron parte de los Zetas y del Cártel del Golfo, después cooptados por el Cártel Jalisco Nueva Generación también, se escindieron para formar grupos locales como al que llamaron “La Barredora”.
Y aquí llegamos al reciente caso del policía Hernán Bermúdez Requena, quien fuera Secretario de Seguridad y Protección Ciudadana de Tabasco, nombrado en ese cargo en diciembre de 2019, por el entonces Gobernador Adán Augusto López Hernández y ratificado por el sucesor de éste, Carlos Merino.
Señalado como líder del grupo criminal “La Barredora”, dedicado entre otros negocios criminales al del huachicol, el caso de Bermúdez Requena evidencia, nuevamente, cómo el huachicol, a niveles como ha operado en México, deriva de la colusión de criminales con quienes detentan puestos de autoridad, desde los cuales, en lugar de desempeñar un servicio público, utilizan ese cargo para sus negocios ilícitos. Ese ha sido uno de los problemas principales que vive nuestro país.
El huachicol es un problema tan serio que lo defino como un desafío de seguridad nacional y seguridad interior, cuya resolución exige estrategias de Estado permanentes, y no sujetas a vaivenes, manejos o sesgos políticos. Su combate requiere indagatorias a fondo para identificar a aquellos empleados gubernamentales que se han beneficiado del negocio a nivel local, estatal, federal. Precisamente la desarticulación de las redes criminales de cuello blanco y funcionarios cómplices es clave para erradicar uno de los delitos que más han lastimado la industria petrolera.
Hoy, que desde el Gobierno federal se realizan esfuerzos por reestructurar Pemex con la finalidad de revertir el modelo de administración neoliberal que la llevó a la depauperación y endeudamiento, el combate al mercado ilícito de combustible es imprescindible para poner fin al saqueo de las empresas públicas, porque cuando el huachicol comenzó como robo hormiga entre los empleados de Pemex, era común escucharlos tratar de justificarse con que “los de arriban también roban”, en alusión a los directivos.