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Pablo Andrei Zamudio Díaz

En México vivimos tiempos en los que la indignación social y la tensión política parecen no dar tregua. Pero pocas cosas revelan con tanta crudeza la degradación del debate público como lo sucedido tras el asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo. En medio del duelo de una familia y una comunidad aún conmocionadas, las declaraciones del senador Gerardo Fernández Noroña contra su viuda, Grecia Quiroz, lograron lo impensable: profundizar la herida.

Lo que comenzó como una frase imprudente terminó exhibiendo algo mucho más grave: una cultura política que tolera la insolencia, normaliza la insensibilidad y permite que la palabra pública se use sin freno, sin respeto y sin responsabilidad. Una cultura donde algunos actores incluso irrespetan duelos, cruzando límites que deberían ser sagrados en cualquier democracia.

Las frases del senador lo dicen todo:
“A ella la ambición se le despertó y va por la gubernatura de Michoacán”; “Se los afirmo: va a ser candidata. De ahí a que nos gane, hay un mar de distancia”; y la acusación de que la viuda del alcalde representa “posiciones fascistas y de ultraderecha.”

Estas expresiones no solo empobrecen el debate público; lastiman profundamente la dignidad humana. No critican propuestas: atacan a una persona que atraviesa el dolor más devastador que puede vivir un ser humano. Y hacerlo desde un curul del Senado —desde un espacio que representa al Estado mismo— agrava la falta.

Lo que debería celebrarse como una aspiración legítima a participar en la vida pública se convierte, en boca del senador, en señalamiento y descalificación. Sin embargo, ¿qué podría ser más sano para la democracia que el deseo de servir?

Si una mujer, un hombre, una persona joven o adulta desea ser alcalde, alcaldesa, gobernador, gobernadora, diputado, diputada, senador, senadora, presidente o presidenta para contribuir al bienestar colectivo, entonces bienvenidos todos y todas. Ojalá miles de mexicanas y mexicanos sintieran esa vocación de servicio.
Si esa “ambición” tiene por propósito la paz, la armonía social y la justicia pública, bendita ambición.

La política no debería temerle a las aspiraciones legítimas. Debería temer, más bien, a su ausencia. Porque una democracia donde la participación se castiga, se agravia o se desprecia, es una democracia que se marchita.

Las palabras del senador no abren caminos, los cierran. No invitan al diálogo, bloquean la posibilidad de reconciliación. Y lo más doloroso: lo hacen usando la tragedia personal de una mujer para invalidarla, para minimizar su legitimidad, para insinuar que su interés es oportunista.

Pero quien entiende el peso del duelo sabe que la posibilidad de que Grecia Quiroz decida participar en política no nacería de la ambición vacía, sino de la pérdida desgarradora de su esposo, del padre de sus hijos; de la necesidad de darle sentido al dolor; de la convicción de que continuar el proyecto de servicio de su esposo es una manera de honrarlo, de sostener su legado y de resistir frente a la violencia que ha marcado a tantas familias en este país.

Y si una mujer decide transformar la tragedia en servicio público, eso no es ambición: eso es amor, fortaleza, convicción y compromiso comunitario.

Señalarla como “ambiciosa” en tono peyorativo revela una pobreza moral que no debería tener cabida en ningún espacio de representación pública. Demuestra desconocimiento de humanidad y ausencia de ética política. Y contribuye a un clima donde los duelos de miles de familias mexicanas siguen siendo ignorados o despreciados por quienes deberían protegerlos.

Querer servir a su pueblo no es fascismo. Buscar el bienestar de su estado no es ultraderecha. Asumir el deber de continuar un proyecto comunitario no es ambición vacía.

Es, en realidad, la pulsión más alta de la vida democrática: la voluntad de transformar la tragedia en esperanza.

Esa voluntad debería ser acompañada, respetada y fortalecida, no minimizada por quienes confunden estridencia con liderazgo.

La política no se hace desde la indiferencia ante el dolor, se hace desde el respeto irrestricto a la dignidad del prójimo. Y un país que aspire a sanar necesita más personas dispuestas a servir, no menos.

Ojalá todas y todos quisiéramos levantar la mano para mejorar nuestras comunidades.
Y ojalá —sobre todo— que quienes ya ocupan un curul entendieran que la verdadera ambición política es la que se dirige al bien común, nunca la que se utiliza para degradar a otro.

Y frente a la frase del senador —“Se los afirmo: va a ser candidata. De ahí a que nos gane, hay un mar de distancia”— solo queda decir lo evidente: no hace falta llegar a las elecciones para saber quién ya ganó.

Gana quien convierte la tragedia en esperanza. Gana quien transforma el dolor en servicio. Gana quien honra la memoria de su esposo sirviendo a su comunidad.

Si esa es la ambición de Grecia Quiroz —y si quienes la atacan no lo comprenden— entonces esa ambición ya pertenece, no solo a ella, sino al país entero.


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