La Navidad que se vive, no la que se repite
Pablo Andrei Zamudio Díaz
Detenerse hoy es casi un acto de resistencia. En medio del ruido, la prisa y la repetición automática de gestos, vale la pena formular una pregunta que rara vez nos hacemos con honestidad: ¿qué es, en realidad, la Navidad?
Cuando se le desprende de la solemnidad ritual y de la inercia de la costumbre, la Navidad deja de ser una fecha para revelarse como algo más profundo: una postura frente a la vida. No sucede una vez al año; acontece cada vez que somos capaces de mirarnos hacia dentro y reconocer, sin evasiones, quiénes somos y qué impacto tiene nuestra forma de estar en el mundo.
Reducir la Navidad al intercambio de regalos o a los abrazos circunstanciales es vaciarla de sentido. Su verdadero valor radica en que nos obliga a ejercer la conciencia. Nos confronta con nuestras omisiones, con la indiferencia que hemos normalizado y con las decisiones que preferimos no revisar, aun sabiendo que hieren o excluyen. La Navidad auténtica no es complaciente: incomoda, interpela y exige coherencia.
Celebrarla implica reconciliarnos. No solo con quienes hemos herido o con quienes nos han herido, sino también con nosotros mismos. Significa elegir la empatía cuando el juicio resulta más cómodo, la generosidad cuando domina el ego y la escucha cuando el silencio parece más conveniente. Es un ejercicio cotidiano de humanidad que no admite simulaciones.
Por eso la Navidad no puede reducirse a una noche ni a una temporada adornada de luces. Su sentido más profundo aparece cuando se convierte en criterio ético, en brújula para decidir y en recordatorio permanente de que siempre es posible actuar mejor de lo que lo hicimos ayer.
Que la Navidad no sea una pausa emotiva, sino un compromiso sostenido. Que se manifieste en cada acto de respeto, en cada gesto de justicia y en cada decisión tomada desde la dignidad humana. Que no termine nunca, porque solo así tendrá sentido.
Feliz Navidad, entonces, no como una frase de ocasión, sino como una exigencia moral. Ojalá nuestro México deje de conmemorar la Navidad y comience, de una vez por todas, a vivirla: cuando la dignidad no sea discurso, sino práctica; cuando la justicia deje de ser promesa y se vuelva experiencia cotidiana; cuando la paz no dependa de fechas, sino de decisiones. Ese día, quizá, la Navidad habrá encontrado su lugar entre nosotros.
