Ano-Nuevo-2018-en-el-Angel-de-la-Independencia-fuegos-artificiales-despedida-2017-fiesta-CDMX-1160×700

Pablo Andrei Zamudio Díaz

México arriba al final de 2025 suspendido en una paradoja: hablamos de cierres y de nuevos comienzos como si el tiempo tuviera voluntad propia, como si el simple tránsito de los días fuera capaz de corregir aquello que no hemos tenido el carácter de transformar. Confundimos los periodos con los cambios y las etapas con los giros de fondo, cuando en realidad el calendario solo avanza; no juzga, no repara, no decide. Y en esa confusión persistente corremos el riesgo de seguir habitando el mismo país —con las mismas inercias, las mismas omisiones y las mismas deudas— solo bajo un relato distinto.

México necesita hoy algo más que deseos bien formulados, anhelos reiterados o propuestas ideológicas atractivas. Exige actos y realidades que se traduzcan en bienestar social, no de momento ni de estación, sino de crecimiento real, sostenido y compartido. Ninguna transformación colectiva es posible si se queda en el discurso; comienza, inevitablemente, en la responsabilidad individual y en la coherencia entre lo que se dice, lo que se promete y lo que se hace.

Cada fin de año nos detenemos a mirar lo vivido. Hacemos balances, formulamos propósitos, nos prometemos cambios. Ese ejercicio es profundamente humano: nace de la conciencia de que no somos estáticos, de que siempre hay algo por corregir, algo por alcanzar, algo por comprender mejor de nosotros mismos. El problema aparece cuando ese acto de reflexión se vuelve ritual y el propósito, repetición; cuando el deseo se pronuncia, pero no se encarna, y el anhelo se expresa, pero no se sostiene.

Entonces los años pasan y seguimos esperando que el tiempo haga, por sí solo, lo que únicamente puede hacer la voluntad. Tal vez por eso no nos falta emoción, sino disciplina: esa forma silenciosa y firme del compromiso que permanece cuando el entusiasmo se apaga. La disciplina que no depende del ánimo, que no negocia con el cansancio, que se mantiene incluso cuando la motivación se ausenta. Porque los días que verdaderamente cuentan no son los luminosos, sino aquellos en los que avanzamos aun sin ganas.

Que este 2026 no sea solo un año pensado, sino un año vivido con conciencia. No uno que se quede en planes o intenciones, sino uno que se camine con coherencia y sentido, donde cada decisión —incluso las pequeñas— nos acerque a la persona y a la sociedad que sabemos que podemos ser.

Porque, en definitiva, el punto de partida no está en lo que deseamos para México, sino en lo que estamos dispuestos a hacer por él. En cómo asumimos nuestra responsabilidad cotidiana, en cómo respetamos la ley, en cómo cuidamos lo común, en cómo exigimos con firmeza y construimos con honestidad. México no se transforma por lo que anhelamos de él, sino por la suma de actos conscientes que realizamos cada día para hacerlo más justo, más digno y más humano. Ahí, y solo ahí, comienza el verdadero 2026 para nuestro país.

Un enorme y sincero Feliz Año 2026.
Que sea, de verdad, un año vivido.


Siguenos en
Google News
Google News

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *