a768cae3-6c2b-4014-bae6-9fc780b4163e

El Gato Maya

En el Cancún de los renders bonitos y los discursos de “ordenamiento urbano sustentable”, la realidad huele a drenaje colapsado. Y no es metáfora elegante: es literal. En la colonia Donceles 28 —zona pionera, hija del viejo Puerto Juárez, levantada sobre manglar y memoria— los vecinos llevan años viviendo entre inundaciones, y ahora, cortesía del “desarrollo”, también entre rebosamientos fecales.

Mañana, antes del mediodía, se sentarán frente al director de Desarrollo Urbano, Francisco Javier Zubirán Padilla, para preguntarle lo que cualquier ciudadano con sentido común preguntaría:
¿quién autorizó un hotel y condominios en una zona históricamente vulnerable, sin prever —o sin importar— el impacto sanitario y ambiental?

Pero en realidad la pregunta no es técnica. Es política.

Porque en el Palacio Municipal de Benito Juárez la última palabra no la tiene el plano arquitectónico, sino el cálculo electoral. Y ahí entran al escenario los protagonistas de esta tragicomedia tropical: la presidenta municipal Ana Patricia Peralta y su secretario general Pablo Gutiérrez.

Los vecinos protestaron la semana pasada frente al hotel recién construido. Pancartas en mano, familias completas, hartazgo acumulado. Denunciaron que los desarrolladores no sólo levantaron concreto donde ya era frágil el suelo, sino que además se apropiaron de las pocas áreas verdes para convertirlas en estacionamientos privados. La postal del progreso: menos árboles, más cajones y más aguas negras.

En medio del enojo solicitaron el apoyo del luchador social Rodrigo Vázquez Coutiño, “El Patriota”, quien logró evitar que la indignación cerrara la avenida Bonampak. A cambio, 60 padres de familia firmaron un escrito dirigido a la alcaldesa. Un gesto civilizado frente a un gobierno que presume diálogo… siempre y cuando no le despeinen la narrativa.

Y entonces llegó Pablo Gutiérrez.
Llegó, pero no convenció. Lo recibieron con abucheos. Y no fue casualidad ni mal humor colectivo. El rumor en la colonia no es menor: que esas construcciones se autorizaron “al calor” del poder municipal; que hubo gestión interesada para cambiar el uso de suelo; que un inversionista —un tal arquitecto Carrazcal— fue engatusado en un juego donde el negocio parecía redondo… hasta que el drenaje empezó a vomitar la factura.

Aquí el gato maya se hace una pregunta incómoda: ¿Quién gana cuando se autoriza lo que no se debe? Porque los vecinos claramente no. El manglar tampoco. Y la ciudad, mucho menos.

Cancún no nació ayer. Antes del boom turístico fue campamento, fue Puerto Juárez, fue comunidad. Donceles 28 no es una invasión reciente: es memoria viva de los pioneros que llegaron cuando no había reflectores ni plusvalía.

Hoy esos mismos vecinos tienen que suplicar que no les inunden la sala con aguas residuales por decisiones tomadas en oficinas con aire acondicionado.

Mañana no sólo pedirán explicaciones técnicas. Exigirán la cancelación de la licencia de funcionamiento del hotel y de los estacionamientos que siguen construyéndose como si nada pasara.

Pedirán reparación del daño. Y, sobre todo, pedirán nombres.

Porque en política, cuando nadie es responsable, todos son cómplices.

La presidenta Ana Patricia Peralta tendrá que decidir si gobierna para los vecinos que votan o para los desarrolladores que financian. Y Pablo Gutiérrez tendrá que explicar si su papel es el de operador político… o el de promotor inmobiliario con cargo al erario.

En Cancún el drenaje colapsa por falta de planeación.
Pero la confianza ciudadana colapsa por exceso de soberbia.
Y eso, a diferencia del agua negra, no se bombea con maquinaria: se limpia con rendición de cuentas.

Veremos mañana si en Desarrollo Urbano presentan planos… o pretextos.


Siguenos en
Google News
Google News

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *