La justicia según la CTM: se decreta en tarima y se negocia en lo oscuro
El Gato Maya🐾
Ahora sí habló.
Pero habló como hablan los viejos jefes cuando no quieren que les pregunten: cancelando la rueda de prensa y refugiándose en el único territorio donde nadie los contradice… el aplauso.
Así arrancó su gira en Cancún el líder nacional de la Confederación de Trabajadores de México, Tereso Medina Ramírez: sin preguntas, sin incomodidades… y sin vergüenza política.
Porque lo que dijo no es menor.
Es grave.
Es peligrosamente revelador.
Ante una multitud cuidadosamente alineada, soltó la frase que desnuda no sólo su estilo, sino su forma de entender el poder:
A la presunta privación ilegal de la libertad de Isidro Santamaría Casanova
“le vamos a poner fin”.
¿Perdón?
¿Quién exactamente?
¿Con qué facultades?
¿En qué momento un dirigente sindical decide —en público— el destino de un proceso judicial?
Porque esto ya no es retórica sindical.
Esto es otra cosa.
Esto es la insinuación abierta de que la justicia se puede doblar.
De que los expedientes tienen dueño.
De que el Estado de derecho es, en realidad, una mesa de negociación con micrófono.
Y por si no quedaba claro, remató con el clásico:
“Vengo a apoyarlo, vengo a defenderlo”…
y la joya de la corona: unidad.
Esa palabra que en el diccionario cetemista significa:
“nadie cuestione, nadie se mueva, nadie piense… aquí se obedece”.
Pero el problema no es el tono.
Es el fondo.
Porque mientras Tereso Medina Ramírez juega al salvador en el templete, en Quintana Roo hay una institución que queda directamente exhibida: el Poder Judicial de Quintana Roo.
Porque si la CTM puede “poner fin” a un caso… entonces el mensaje es brutal:
la justicia no se imparte… se negocia.
Y eso no es defensa sindical.
Eso es presión política en vivo.
Presión disfrazada de solidaridad.
Presión envuelta en consigna.
Presión aplaudida.
Porque aquí hay que decirlo sin anestesia:
Lo que vimos no fue un acto de respaldo.
Fue una demostración de fuerza… o al menos, el intento de aparentarla.
Un líder que evita la prensa pero se luce en el escenario.
Que esquiva preguntas pero reparte sentencias.
Que no explica procesos… pero promete finales.
Como si la ley fuera opcional.
Como si los jueces fueran decorado.
Como si la política todavía pudiera imponerse a gritos.
Pero hay un pequeño problema:
ya no es el México de antes.
Aunque algunos se empeñen en actuar como si lo fuera.
Porque hoy, ese discurso no sólo suena viejo…
suena peligroso.
Suena a esa época donde el sindicalismo no defendía derechos… administraba poder.
Y ahí es donde el episodio se vuelve más inquietante.
Porque esto no es sólo por Isidro Santamaría Casanova.
Esto es por control.
Control de la base.
Control del miedo.
Control del relato.
Y, sobre todo, control del mensaje hacia arriba:
“aquí seguimos teniendo capacidad de presión”.
Aunque la realidad diga que ya no es la misma.
Porque mientras en el templete se promete liberar, en la calle la gente entiende otra cosa:
Que hay quienes creen que pueden torcer la justicia.
Que hay quienes todavía confunden poder con impunidad.
Y que hay quienes no han entendido que el país cambió… aunque ellos no.
Mientras tanto, en Cancún, la base escucha.
Algunos aplauden.
Otros dudan.
Y muchos —cada vez más— empiezan a leer entre líneas.
Porque el trabajador puede ser leal.
Pero no es ciego.
Y sabe que cuando un líder promete resolver un proceso judicial desde un micrófono…
no está defendiendo.
Está exhibiendo cómo funciona el poder que no quiere perder.
Y eso, más que un discurso…
es una confesión.
