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El Gato Maya 🐾

En política, dicen, no hay memoria… pero en Quintana Roo ya ni siquiera hay pudor.

Tan pronto se olvidó que el pasado 11 de marzo, el diputado federal verde-ecologista,Juan Carrillo Soberanis, decidió votar —dos veces, para que no quedara duda— en contra de la reforma electoral impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum. Un acto que, en teoría, lo colocaba del lado de la disidencia, del análisis crítico o, siendo generosos, de la supuesta defensa democrática.

Pero en la política tropical, donde el camaleón aprende del manglar, las convicciones duran lo que tarda en cambiar la marea.

Ayer, en Cancún, el mismo Juan Carrillo apareció sonriente, disciplinado y casi devoto, respaldando no sólo la gira de la mandataria, sino también el llamado “Plan B” de esa misma reforma que días antes había rechazado. Ni rubor, ni explicación, ni el más mínimo intento de coherencia. Como si el voto fuera un trámite y no una postura.

Este gato de lavadero, que ha visto más farsas que amaneceres en el Caribe, no se traga el cuento de la improvisación. Aquí hay mano negra, pero de las bien perfumadas.

El libreto, dicen en los pasillos donde se negocia lo que no se dice, lleva la firma del dueño del PVEM, Jorge Emilio González Martínez. Un personaje que ha perfeccionado el arte de sobrevivir a cualquier ideología, siempre y cuando sus intereses económicos salgan ilesos… o fortalecidos.

Porque no nos confundamos: esto no es torpeza política, es cálculo frío.

No es contradicción, es conveniencia.

Y no es lealtad a un proyecto de nación, es fidelidad a un sistema de negocios donde el poder es sólo una herramienta.

La pregunta incómoda, la que Morena evita responder mientras se toma la foto de la unidad, es simple pero venenosa:

¿De verdad necesita este tipo de alianzas?

Porque cuando un movimiento que se dice transformador abre la puerta a prácticas que huelen a lo mismo de siempre, el discurso empieza a hacer agua. Y en un estado como Quintana Roo, donde la política se ha convertido en una pasarela de intereses cruzados, la simulación ya no sorprende… pero sí cansa.

Aquí no hay ingenuidad ciudadana.
¡Hay hartazgo!

El problema no es que el peón del “Chabelote Verde” cambie de postura —en democracia eso es legítimo—; el problema es que no convenza, que no explique, que no tenga cómo sostener el viraje sin exhibirlo como lo que es: puro oportunismo.

El problema es que el voto se convierta en moneda de cambio.

El problema es que el poder siga siendo un negocio disfrazado de servicio público.

Y mientras tanto, el pueblo —ese que siempre invocan pero rara vez escuchan— observa cómo los mismos de siempre se acomodan, con la misma vieja lógica.

Así es la política, dirán algunos.

Pero no debería serlo.

Porque cuando la incoherencia deja de incomodar, la reforma deja de importar… y lo único que queda es una alianza sin palabra y un proyecto sin credibilidad.


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