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VILLAHERMOSA | El pasado 17 de abril se cumplieron doce años de la muerte de Gabriel García Márquez. Doce años sin su presencia física, pero no sin su voz. Porque su obra sigue respirando en cada lector, en cada lengua que lo traduce, en cada memoria que lo invoca.

Para la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, sin embargo, García Márquez no es sólo una figura universal. Es también una presencia cercana. Porque hubo un momento irrepetible en que el autor de Cien años de soledad estuvo aquí, en Villahermosa, compartiendo palabra y pensamiento con nuestra comunidad universitaria. Fue en mayo de 1979, durante las Jornadas sobre Cultura y Humanismo, organizadas con motivo del centenario del Instituto Juárez por el Dr. Juan José Beauregard Cruz, rector de nuestra universidad, y el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).

Conviene detenerse en esa fecha. 1979: tres años antes de que García Márquez recibiera el Premio Nobel de Literatura, en 1982. Tres años antes de que el mundo entero reconociera, de manera oficial, lo que ya era evidente para millones de lectores: que su escritura había reinventado la manera de narrar América Latina. Que había logrado hacer de lo real un territorio donde lo maravilloso no es excepción, sino una huella identitaria.

Y, sin embargo, antes de ese reconocimiento global, García Márquez estuvo aquí. Entre nosotros.

Las Jornadas de Cultura y Humanismo se celebraron del 2 al 7 de mayo de 1979 en diversos foros, particularmente en el Instituto Juárez. Fueron inauguradas por el presidente de la república, Lic. José López Portillo en nuestro Teatro Universitario. Durante esos días, la universidad se convirtió en un espacio de encuentro continental. Llegaron voces fundamentales del pensamiento y la literatura latinoamericana: Mario Benedetti, Nicolás Guillén, Carlos Monsiváis, Roberto Fernández Retamar, un joven Fernando Nieto Cadena, así como académicos como Pablo González Casanova y Rodolfo Stavenhagen, entre otros.

No fue una reunión casual. Fue en realidad, la confluencia de una generación que pensaba y escribía América Latina desde sus tensiones más profundas.

Las jornadas se articularon en torno a mesas que hoy, leídas a la distancia, conservan una sorprendente vigencia: “Los problemas del hombre y la cultura en nuestro tiempo”, moderada por González Casanova; “Penetración y colonialismo”; “Los medios de comunicación masiva y la cultura”; y “La literatura y las culturas nacional, popular y universal”.

En esas mesas se discutieron temas que siguen siendo urgentes: la dependencia cultural, el poder de los medios, la identidad latinoamericana, el papel del escritor en la sociedad. Pero más allá de los títulos, lo que realmente ocurrió fue un ejercicio de pensamiento y diálogo vivos.

En ese contexto, la presencia de García Márquez adquiría un significado especial. No sólo representaba al escritor consagrado, sino a una forma de entender la literatura como una revelación de lo real. Su obra había demostrado que América Latina no necesitaba imitar modelos ajenos para ser universal: bastaba con narrarse a sí misma con profundidad, con verdad, con imaginación.

Junto a él, Mario Benedetti reflexionó sobre el compromiso del escritor latinoamericano, recordándonos que la palabra no es neutral, que toda escritura implica una toma de posición frente al mundo. Carlos Monsiváis analizó el papel de los medios de comunicación en la construcción de la cultura contemporánea. Roberto Fernández Retamar insistió en la necesidad de una conciencia cultural latinoamericana compartida. Uno de los momentos más significativos fue el homenaje a Nicolás Guillén, cuya obra encarnaba la voz de los pueblos, la memoria de las raíces afrocaribeñas y la dignidad de nuestra cultura.

Con estas Jornadas, la UJAT no sólo celebraba su pasado sino definía su vocación de institución que no puede limitarse a formar profesionistas, sino que debe formar conciencias. Que la cultura no es un complemento, sino un eje. Que el humanismo no es una palabra decorativa, sino una responsabilidad.

Hoy, al recordar la presencia de García Márquez en aquellas jornadas, no sólo celebramos al gran escritor que fue -y sigue siendo-. Celebramos también la posibilidad de que una universidad del sureste mexicano se haya convertido, por unos días, en el centro de una conversación latinoamericana de primer orden, abierta al mundo, atenta a su tiempo, comprometida con la palabra. A casi 50 años, esa es nuestra herencia e identidad que mantenemos más vigente que nunca, con proyectos como la Feria Internacional del Libro (FIL), el Encuentro Iberoamericano de Trova y Poesía, y la presencia de escritores como Leonardo Padura, Luis García Montero, Waldo Leyva, entre otros, que son guías en el pensamiento y el sentir contemporáneo. (M.R.Magdonel)


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