ana-paty-peralta

El Gato Maya 🐾

Cuando en Morena se empieza a hablar de “depuración”, “cero impunidad” y “candidatos limpios”, no es por honestidad repentina ni por iluminación moral, es porque el miedo electoral ya se les metió hasta la oficina principal.

La dirigencia nacional fue contundente: quien aspire a gobernar en 2027 y cargue escándalos de corrupción, sospechas públicas o relaciones incómodas con el crimen organizado, simplemente no pasará el filtro político.

Y aunque nadie mencionó nombres, en Quintana Roo el mensaje cayó como piedra sobre el escritorio de la presidenta municipal de Cancún, Ana Paty Peralta.

Porque en política, cuando hablan de “limpiar la casa”, todos voltean a ver quién ya empezó a ensuciar demasiado el tapete y el problema para Ana Paty no es solamente la oposición,
el verdadero problema es el historial de cuestionamientos públicos que comenzaron a acumularse alrededor de su administración y que hoy pesan como losas rumbo al 2027.

Ahí están las observaciones públicas de la Auditoría Superior de la Federación sobre presuntas irregularidades millonarias en el manejo de recursos federales dentro del Ayuntamiento de Benito Juárez. Recursos observados en combustible, alumbrado público y manejo financiero que desataron fuertes críticas mediáticas y políticas.

Ahí también están las acusaciones públicas lanzadas por dirigentes panistas y actores de oposición que señalaron presunta opacidad, daño patrimonial y posibles actos de corrupción en la administración municipal.

Y aunque políticamente Morena suele minimizar cualquier crítica calificándola de “ataque opositor”, el desgaste comenzó a salirse del control institucional.

Porque mientras el Ayuntamiento presume campañas de “Cero Corrupción”, la propia administración ha reconocido públicamente sanciones contra decenas de funcionarios municipales por diversas irregularidades administrativas y presuntos actos indebidos.

Pero como diría este gato huele-tranzas: si tienes que sancionar a tantos funcionarios de tu propio gobierno, entonces el problema ya no es aislado… es estructural.

Pero el golpe más delicado no viene solamente de la corrupción, de la inseguridad. Durante la administración de Ana Paty Peralta, Cancún se mantuvo constantemente en titulares nacionales por ejecuciones, ataques armados, cobros de piso y violencia ligada al crimen organizado y aunque la inseguridad no nació con ella, políticamente sí comenzó a convertirse en parte de su desgaste.

La percepción pública terminó asociando al gobierno municipal con incapacidad para contener la violencia y
en política la percepción mata más rápido que una carpeta de investigación.

Los videos de policías municipales involucrados en presuntas extorsiones, las denuncias ciudadanas sobre corrupción dentro de Seguridad Pública y la necesidad permanente de “blindajes” y operativos especiales terminaron alimentando la narrativa de un gobierno rebasado por la realidad.

Mientras tanto, Morena observa y calcula, porque el partido sabe perfectamente que Quintana Roo puede convertirse en una bomba electoral si llegan al 2027 defendiendo perfiles demasiado golpeados públicamente.

Por eso comenzaron a mandar mensajes disfrazados de principios éticos: “No vamos a postular a personajes vinculados con corrupción o crimen organizado”.

La frase parece general… pero en política nunca lo es, especialmente cuando en los pasillos del morenismo ya comenzó a circular la preocupación de que algunos aspirantes podrían convertirse más en un pasivo electoral que en una garantía de triunfo y ahí es donde el nombre de Ana Paty Peralta empieza a generar incomodidad.

Porque Morena entendió demasiado tarde el mismo problema que terminó pudriendo al PRI: cuando el poder protege demasiado tiempo a figuras cuestionadas, el desgaste termina contaminando a todo el partido.

Hoy Cancún vive una contradicción: el gobierno de Ana Paty Peralta presume transformación mientras la ciudadanía sigue hablando de violencia, corrupción, miedo y poder político rodeado de intereses oscuros.

Y aunque nadie lo diga oficialmente, el problema para Morena es que el desgaste ya no solamente se queda en redes sociales o columnas políticas. Ya comenzó a instalarse en la conversación ciudadana, en el hartazgo cotidiano y en la desconfianza popular hacia una clase gobernante que prometió transformación, pero terminó pareciéndose demasiado al viejo régimen que juró combatir.

Porque el electorado puede perdonar errores, puede tolerar soberbia e incluso puede soportar incompetencia; pero hay algo que políticamente casi nunca sobrevive al juicio social: la percepción de complicidad entre el poder y la oscuridad.


Siguenos en
Google News
Google News

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *