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El Gato Maya 🐾

En Quintana Roo hay políticos que han cambiado más de partido que de calzones… y todavía tienen el descaro de hablar de “pureza ideológica”.

Ahora resulta que, rumbo al 22 de junio, algunos detractores de Rafael Marín Mollinedo andan histéricos porque el nombre del tabasqueño empieza a sonar donde realmente les duele: en las encuestas, en los grupos políticos y en la conversación pública.

Y como ya se les agotó el repertorio, recurren al clásico refrito de la grilla tropical: “Marín se reúne con expriistas”. ¡Válgame la Virgen del dedazo eterno!

Como si Morena en Quintana Roo hubiese sido fundada por monjes tibetanos, mártires revolucionarios y almas puras bajadas del Cerro del Tepeyac. La verdad es otra: el morenismo caribeño está lleno de reciclajes políticos, conversos exprés y personajes que han brincado de partido con la misma facilidad con la que cambian de foto de perfil.

Aquí hay quienes ayer besaban el anillo del PRI, luego juraban amor eterno al PAN, más tarde se refugiaron en el Verde y hoy se sienten herederos legítimos del obradorismo, aunque hace unos años ni siquiera podían pronunciar “Cuarta Transformación” sin tartamudear.

En Quintana Roo hay más “fundadores” de Morena que vendedores de tiempos compartidos en la Zona Hotelera; pero el verdadero cobre sale cuando empiezan con el discurso del “fuereño”; ahí aflora el viejo complejo de cacicazgo tropical: esa idea feudal de que Quintana Roo tiene dueños con pedigrí político y certificado de sangre local.

Porque si vamos a hablar de “foráneos”, entonces habría que revisar cuántos políticos, empresarios, operadores electorales y hasta líderes de ocasión llegaron de otros estados para hacer negocios, construir poder y vivir del presupuesto quintanarroense.
O qué, ¿Cancún lo fundaron los mayas con permisos del Ayuntamiento?

No. Esta tierra creció gracias a miles de migrantes de todo México: tabasqueños, yucatecos, veracruzanos, chiapanecos, norteños y trabajadores que llegaron cuando aquí todavía había más monte que avenidas.

Quintana Roo no es una monarquía regional ni una hacienda hereditaria administrada por apellidos reciclados generación tras generación. Es un estado construido por gente venida de todas partes.

Por eso, salir con el cuento de que “los de fuera vienen a gobernarnos” no sólo es una postura peligrosamente xenófoba; también es una monumental hipocresía en un estado cuya identidad moderna nació precisamente de la migración y ahí está el verdadero fondo del asunto: el miedo.

Porque algunos grupos políticos sienten que el tablero se les mueve debajo de los pies y saben que Morena ya no funciona bajo el viejo manual priista donde una élite local repartía candidaturas como quien reparte terrenos invadidos.

Hoy pesan otros factores: operación política, cercanía con el proyecto obradorista, relaciones nacionales, estructura territorial, capacidad de negociación y peso económico. Y en ese ajedrez, quieran aceptarlo o no los guardianes del feudo, Rafael Marín sí tiene piezas sobre el tablero.

Mientras tanto, ciertos opinólogos se desgarran las vestiduras diciendo que Marín “no conoce los municipios”,
curioso argumento viniendo de políticos locales que jamás han caminado una colonia sin pavimento, una comunidad maya abandonada o una región donde el crimen ya sustituyó al gobierno.

Porque una cosa es presumir apellido local en las sobremesas fifís… y otra muy distinta es entender los problemas reales del estado.

La realidad es mucho más simple y mucho más incómoda para sus adversarios: Rafael Marín está haciendo política. Está operando, construyendo relaciones, reuniéndose con grupos y posicionando su nombre rumbo al 2027.

Exactamente lo que haría cualquier aspirante serio, todo lo demás es ruido, guerra sucia y resentimiento disfrazado de análisis político, especulaciones condimentadas con resentimiento regional y lecturas apocalípticas dignas de sobremesa cantinera.


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