Conócete a ti mismo, el principio ético de la vida digna
Salvador Vega Valladares
1.- Sócrates, todavía pendiente.
No hemos ido más allá de Sócrates… Me explico; ¿acaso no es muy común escuchar la frase del “conócete a ti mismo” con solo la intención de ir hacia la búsqueda individual de un fondo propio que lleve a una vida más auténtica? Sócrates no pensaba exactamente esto.
La esencia de esta máxima socrática sólo puede comprenderse de verdad en su propósito radicalmente ético. El examen es individual y colectivo: exige mirar hacia uno mismo y hacia los demás señalando aquellas creencias que hacen posible las injusticias.
Es, por ejemplo, el testimonio apasionado que tenemos en Pedro Uc Be, quien sigue cuestionando las estructuras que sostienen y operan las desigualdades producidas a causa del despojo territorial en las comunidades indígenas mayas.
Este fondo ético es el que parece que solo ha quedado como proyecto o como el lugar al que siempre hay que volver.
“La vida no sometida al examen no es digna de ser vivida para un ser humano”.
Tal pareciera que esta frase hubiera salido de la pluma de algún pensador existencialista contemporáneo, como Camus o Sartre, y no desde el pensamiento de un hombre en el que el tiempo nos separa por aproximadamente 25 siglos. Sócrates es muy claro: la vida digna, la dignidad del ser humano se sostiene en el examen serio y cotidiano de las creencias propias y comunes que pueden estar permitiendo que seamos responsables, directos o indirectos, de injusticias sobre nosotros mismos.
La dignidad descansa en la búsqueda afanosa y apasionada por la justicia. Insisto: no hemos ido más allá de Sócrates.
II.- Una vida de interminable examen.
Con Sócrates, se abre el Período Clásico en la Antigua Grecia. Vivió en Atenas entre los años 470 y 399 antes de nuestra era. Nunca escribió nada; lo que conocemos de él es a través de quienes lo escucharon, especialmente Platón. Es sabido que dialogaba en la búsqueda de una verdad inscrita en las profundidades del alma humana; había que ir tras ella del mismo modo como una partera se dirige en ayudar para dar a luz a un nuevo ser humano. Aquí referencia a su madre que a ello se dedicaba.
Este método es conocido como “Mayéutica”. Inquirir, cuestionar, a sí mismo y a los demás, era su manera de vivir y fue lo que lo llevó a tener enemistades entre los poderosos de la ciudad. Fue llevado a juicio y él mismo se defendió ante sus acusadores. Fue condenado a muerte. Y todo esto, desde una coherencia ejemplar entre sus ideas y vida.
Antes de romper esa unión tan propia de él, prefirió tomar el veneno que se utilizaba para dar muerte a los sentenciados. Ese gesto máximo corrobora su idea sobre la dignidad y la justicia. Antes de él, la filosofía se había centrado principalmente en la naturaleza de lo que existe: de cómo es el mundo, cómo se relaciona éste con el pensamiento y qué, de todo lo que cambia, permanece. Sócrates inicia el pensamiento profundo sobre nosotros mismos; el ser humano se convierte en el sujeto y objeto de su propio estudio. ¿Cómo? A través del autoexamen.
¿Para qué? Para vivir con la única dignidad auténtica: el camino del pensamiento, que es constante renovación, y búsqueda permanente por una vida sin cometer injusticias. III.- El miedo a morir y el amor a la vida. De este modo, podemos afirmar que con Sócrates inicia formalmente la ética: que no es otra cosa más que la reflexión del “ bien vivir”, de cómo poder estar solo, ante la mirada más honesta, la propia y la del otro, y no sentir vergüenza por las injusticias que causamos.
La buena vida tiene que ver con el Bien. En el diálogo platónico, Apología de Sócrates (defensa), se aborda de manera particular el juicio, defensa y sentencia de Sócrates. Principalmente es ahí en donde se expresan las ideas que buscamos enfatizar.
Mientras que la mayoría de las personas creemos que lo peor que nos puede suceder es la muerte, Sócrates nos expone en una íntima profundidad: lo peor que me puede suceder es vivir una vida en donde yo sea el que cause injusticias.
Esto es lo que debemos entender cuando afirma que hay cosas peores que la muerte. Por ello, el miedo a morir es uno de los máximos impedimentos para la vida ética, ya que la búsqueda de la justicia conlleva inherente el riesgo de muerte.
El temor a la muerte se empata con la imposibilidad del acto ético. Afortunadamente sabemos que la historia nos da muchísimos ejemplos al respecto y que nuestros tiempos y espacios están colmados de estos claroscuros: por un lado, el miedo a la muerte y, por otro, el amor a la vida que a él se le resiste.
Aún recientemente, en nuestro país, seguimos teniendo estos desgarradores testimonios; la nobleza y miseria de nuestra sociedad está llena de ejemplos; quizás una de las más grandes contradicciones es que, en medio de nuestra inhumanidad, hay vidas que nos enseñan lo más humano: Marisela Escobedo, asesinada frente al Palacio Municipal de Chihuahua, no tenía vida de verdad sin alcanzar algo de justicia para su hija Rubí.
El alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, quien no encontraba el valor de una vida sostenida en las vejaciones aceptadas por el miedo. Homero Gómez, el guardián del bosque, que denunciaba la tala clandestina alrededor de los santuarios de la mariposa monarca, y a quien tuve la dicha de conocerle personalmente, no soportaba la cómplice y callada posición de no resistirse en defensa de la justicia y belleza de los bosques, ejidatarios y mariposas monarcas.
La trágica alegría de contar con estos e innumerables testimonios y que aquí sólo nombramos por dar continuidad a los muchos, pero siempre insuficientes, recordatorios de vidas entregadas a su dignidad; y en ello hay una exigencia: cuestionarnos las ideas, relaciones de poder, renuncias, desesperaciones y omisiones que han hecho esto posible.
Nuestros contemporáneos y paisanos que han sido ejemplo de esto, no es que no hayan temido a la muerte, es que su indignación hacia todos los modos de la injusticia no los dejaban vivir de verdad. ¿En dónde se encuentra el corazón de su vida extraordinaria? Qué no pudieron ver la injusticia sin filtros, sin las máscaras que recubren una vida que ha perdido en dignidad.
Y eso únicamente es posible con el continuo exámen individual y colectivo. Solo ahí es posible la acción ética.
IV.- No es lo mismo conocerse que ocultarse en uno mismo.
En esto hay que ser muy claros: el auto-examen socrático dista mucho de gestos tan de moda en nuestros tiempos: principalmente no es ir en la búsqueda de una intimidad tan propia, de llegar a ella y, desde ahí, cambiar nuestra visión del mundo, a manera de un aislamiento y renuncia por deshacerse de los dolores propios y sociales, con el propósito de hacernos de una nueva armadura individual conseguida a través de un auto-sometimiento ascético, de disciplina, de ejercer un tipo de violencia interior para hacernos ajenos al otro y enfocarnos en nosotros mismos.
Quizás la búsqueda, casi angustiosa, de la estima hacia uno mismo, tan en boga, lleva la semilla de una renuncia velada por el amor al otro. Parece que no es extraño volver siempre hacia nosotros mismos justo cuando no hemos conseguido el amor de los otros.
Sin embargo, para Sócrates, el examen es doble: individual y colectivo, de ida y vuelta, entre nuestra interioridad y lo común; revisar profundamente las creencias, las propias y ajenas, en donde se sostienen las concretísimas acciones que hacen posible el sufrimiento propio y común. Es el valiente gesto, que no le encuentra razones al miedo paralizante de la posibilidad de la muerte, por increparse y por cuestionar a los demás.
En esto se parece mucho la época de Sócrates a cualquier sociedad que prohíbe la sospecha para proteger la ideología de moda: el valiente gesto por exigir las razones de su vida y su actuar. El hermetismo es la esencia de la maldad: el señalamiento por dudar, la prohibición de la sospecha y los “valores y sentidos” que, a través de ellos, se construyen y ejecutan en acciones concretas llevando la marca violenta de la injusticia. Los grandes malvados, los que no saben su propia ignorancia, se rodean solo de personas que sostengan y aporten en sus propias visiones.
No es poco común que el que ejerce el poder político no permita a sus cercanos sembrar duda en el sistema ideológico que opera. Siempre encontramos ejemplos emblemáticos en esto. Y es ahí donde se encuentra el corazón socrático: “solo sé que no sé nada”.
El malvado “cree saber”; el que busca la sabiduría y la justicia con el mismo ímpetu, conoce que ellas sólo son posibles en el ejercicio continuo, individual y colectivo, por dudar, construir y cambiar lo construido, para ajustarlo al valor sin medida de la dignidad de todo lo existe.
V.- La justicia no puede esperar.
Romper con el cimiento ideológico que sostiene la vida injusta es quizás uno de los pilares más importantes del pensamiento actual. La justicia es una exigencia que se renueva a cada momento; no puede esperar a ningún “después” y mucho menos a otro mundo. Es como el alivio que se necesita en un agudo dolor.
Todo pensamiento o acción que la posterga, es cómplice de esa injusticia a la que nos hemos acostumbrado, que le hemos dado una dimensión natural o la concebimos como una constitución propia. Este es un pensamiento muy común: por ello no nos debe de extrañar ese sentimiento profundo, que no nos abandona, de una cierta indignidad que nos corroe el corazón y el pensamiento.
Quizás, justo ahí, en ese punto, está el centro del cáncer de la depresión en los individuos de nuestras sociedades; depresión que se está convirtiendo en pandemia: no podemos estar solos, a oscuras, únicamente con nosotros mismos, sin sentir vergüenza y la exigencia de una vida sin injusticias.
Conócete a ti mismo: aprender a mirar y exponer lo que sostiene en mí y en los demás, lo que ha hecho de este mundo, algo inmundo. El amor a la vida vale el riesgo de la vida.
