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El Gato Maya 🐾

En política, a veces los partidos presentan a sus mejores cuadros; otras veces presentan a quienes representan una nueva visión de gobierno y luego está el caso de Puerto Morelos, donde algunos sectores del Partido Verde decidieron imponer a Carlo Fonseca León.

Otra vez secuestran a Puerto Morelos y ahora con el improvisado Carlo Fonseca, porque si se trata de resultados de gobierno, cuesta encontrarlos; si se trata de liderazgo político, tampoco abundan las evidencias y si se trata de arraigo ciudadano, eso sigue siendo una incógnita.

Carlo Fonseca ha transitado la actual administración municipal con una habilidad digna de estudio: estar en el poder sin que casi nadie pueda identificar una sola causa pública que haya encabezado, una gestión trascendente que lleve su sello o una lucha ciudadana que lo haya convertido en referente político.

No ha construido una candidatura propia; más bien, le están armando una candidatura desde el poder y la diferencia es abismal: una se gana, la otra se fabrica.

Y es que su nombre no surge de la exigencia popular ni de una trayectoria excepcional sino de la necesidad de un grupo político del Partido Verde de mantener el control del ayuntamiento.

Carlo Fonseca no aparece como la solución a los problemas de Puerto Morelos, sino como el mecanismo para garantizar la continuidad de quienes no quieren abandonar el negocio.

En otras palabras: no sería el cambio de administrador, sería el mismo administrador con distinto rostro.

Su eventual candidatura ni siquiera parece sustentarse en el mérito, más bien descansa sobre una vieja práctica de la política mexicana: !El Dedazo!.

El mensaje es simple: después de una administración desgastada y cuestionada, la respuesta del Verde es poner a un funcionario gris, políticamente invisible y absolutamente identificado con el grupo en el poder.

La apuesta es tan sorprendente como reveladora, porque al impulsar a Carlo Fonseca, el Verde parece decirle a Puerto Morelos que la experiencia, el liderazgo y los resultados valen madre; lo único que realmente tiene valor y cotiza dentro del partido es la obediencia.

Puerto Morelos tiene problemas de crecimiento urbano, servicios públicos insuficientes, rezagos en infraestructura y exigencias de mayor transparencia; pero la gran prioridad de algunos operadores políticos no parece ser resolver esos problemas, sino garantizar que las llaves del ayuntamiento jamás salgan del mismo círculo de confianza.

Por eso Carlo Fonseca representa mucho más que una posible candidatura; representa la continuidad de un modelo político agotado; representa la idea de que el municipio puede seguir administrándose entre amigos; representa la creencia de que los cargos públicos pueden heredarse como si fueran bienes familiares; Y, sobre todo, representa la convicción de un grupo político de que la ciudadanía terminará aceptando cualquier decisión que se le imponga desde arriba.

Y ahí está el mayor error porque las urnas suelen ser implacables con los candidatos fabricados desde el aparato, ya que los ciudadanos terminan viéndolos como lo que parecen: títeres del poder, administradores designados y herederos de intereses ajenos, sin voz propia ni una historia política que los respalde.

Y hasta ahora, la principal carta de presentación de Carlo Fonseca parece reducirse a una sola credencial: ser el candidato de la continuidad de Blanca Merari. No el candidato de los resultados, ni del liderazgo, ni de una causa ciudadana, sino simplemente el elegido para que nada cambie y para que los mismos de siempre sigan teniendo las llaves del negocio.

El problema es que, en política, ser el heredero del desgaste rara vez es una virtud, más bien suele convertirse en una sentencia; porque cuando un aspirante es conocido no por lo que ha hecho, sino por a quién le cuida los intereses, deja de parecer un proyecto de gobierno y empieza a parecer un simple intento de conservar el control del botín.

Y Puerto Morelos tendrá que decidir si quiere un presidente municipal o simplemente un nuevo gerente del negocio verde.


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