Los nombres no ganan
Pablo Andrei Zamudio Díaz
Antes de que rodara el balón, el partido ya tenía un ganador en la imaginación de casi todos. Cruz Azul llegaba como campeón del futbol mexicano. Atlante, recién reincorporado a la Liga MX, lo hacía sin una nómina de estrellas que pareciera capaz de disputar el pronóstico. De un lado estaban los nombres. Del otro, la incertidumbre.
Ganó el Atlante.
Un partido no borra la grandeza de un campeón ni basta para construir la de quien lo derrota. Pero algunos resultados tienen la virtud de interrumpir nuestras certezas. El resultado de este fin de semana dejó al descubierto una pregunta que rebasa al futbol: ¿por qué suponemos que un nombre puede ganar antes de haber jugado?
Nos seducen los nombres porque nos evitan mirar de nuevo. Nos entregan una conclusión ya hecha. Si alguien triunfó, suponemos que seguirá triunfando. Si posee reconocimiento, damos por sentado que merece permanecer. Así, el pasado deja de ser antecedente y comienza a comportarse como sentencia. Concedemos la victoria antes del esfuerzo y el lugar antes de la contribución.
Un nombre, desde luego, no está vacío. Puede contener años de disciplina, talento y sacrificio. Precisamente por eso merece respeto. Pero la dignidad de una trayectoria no consiste en permitirnos vivir de ella, sino en obligarnos a no traicionarla. Cuanto mayor es el nombre, mayor debería ser la responsabilidad de responder por él.
La reputación puede precedernos, pero no puede comparecer en nuestro lugar.
Lo mismo sucede con los espacios que ocupamos. Tendemos a considerarlos una propiedad adquirida por el apellido, el cargo o los triunfos anteriores. Sin embargo, ningún lugar dentro de una obra colectiva nos pertenece por completo. Haber llegado explica nuestra presencia. Lo que hacemos desde ahí le da sentido.
Un lugar puede continuar ocupado y, al mismo tiempo, quedar vacío. Ocurre cuando alguien conserva la posición, pero deja de responder a la confianza que lo llevó hasta ella. Estar no siempre significa pertenecer. La pertenencia comienza cuando nuestra presencia se vuelve útil para los demás.
También hemos exagerado el valor de la individualidad hasta confundir lo singular con lo suficiente. Pero nadie se vuelve menos valioso por necesitar a otros. Un equipo no borra al individuo. Lo coloca en relación. No exige que todos renuncien a ser alguien, sino que ninguno pretenda serlo todo.
Tal vez ésa sea la forma más difícil de grandeza: comprender que sobresalir no equivale a ocupar el centro y que algo valioso puede existir sin llevar únicamente nuestra firma. El talento alcanza su mejor expresión cuando, además de brillar, hace posible que los demás también lo hagan.
Las ganas tampoco son el simple deseo de vencer. Todos quieren el resultado. Tener ganas significa estar disponible para la tarea: asumir lo que no luce, aceptar la corrección, cubrir al compañero y permanecer cuando el entusiasmo se acaba. El compromiso es esa disposición sostenida en el tiempo.
Jugar en equipo comienza cuando dejamos de preguntarnos qué lugar nos corresponde y nos preguntamos qué necesita de nosotros aquello que nos reúne. A veces el ego dice querer la victoria cuando, en realidad, quiere que la victoria se parezca a él. Por eso existen grupos llenos de personas brillantes que nunca consiguen formar un verdadero nosotros.
Atlante no demostró que la fama sea inútil ni que carecer de estrellas constituya una virtud. Recordó algo más sencillo: ninguna historia puede realizar por nosotros la tarea del presente. Los nombres expresan lo que fuimos. Las ganas, el compromiso y la manera de estar con los demás revelan lo que todavía somos capaces de construir.
Este fin de semana, los nombres anunciaron un ganador y el equipo escribió otro. A veces bastan noventa minutos para recordar que la victoria no se hereda, que el prestigio no juega por nosotros y que ningún lugar queda asegurado únicamente por la reputación.
Les guste o no les guste, que nadie gane sólo por su nombre y que cada lugar se conquiste con ganas, compromiso y trabajo en equipo también es justicia de verdad.
