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“Ningún interés personal puede estar jamás por encima de los intereses del pueblo y de la Nación… El poder sin principios se vuelve arrogancia”, DICE

REPORTE MAYA | REDACCIÓN | El regreso de Rubén Rocha Moya a la gubernatura de Sinaloa no es un acto administrativo: es el detonante de una grieta abierta en el corazón de Morena y una prueba de fuego para la autoridad de Claudia Sheinbaum. El viernes 21 de agosto de 2026, tras 112 días de licencia, el gobernador anunció en X que retomaba el cargo “con la frente limpia y en alto”. Al día siguiente, la presidenta respondió sin nombrarlo, pero con una dureza que no admite ambigüedades: “Ningún interés personal puede estar jamás por encima de los intereses del pueblo y de la Nación… El poder sin principios se vuelve arrogancia”.

Sheinbaum se enteró por el tuit, lo dijo ella misma. No hubo llamada previa, no hubo coordinación, no hubo siquiera el mínimo protocolo de cortesía política entre un gobernador de su mismo partido y la jefa del Ejecutivo federal. La Secretaría de Gobernación se apresuró a subrayar que se trató de “una determinación de carácter personal”.

La dirigencia nacional de Morena, encabezada por Ariadna Montiel, se deslindó de inmediato: “esta dirigencia no tuvo conocimiento previo”. Los 23 gobernadores morenistas, todos excepto el de Sinaloa, emitieron un pronunciamiento conjunto exigiendo “madurez y responsabilidad” y recordando que “las decisiones individuales jamás estarán por encima del proyecto colectivo”. Ricardo Monreal, desde el Senado, fue más directo: no hay condiciones para el regreso; debe volver a pedir licencia. El grupo parlamentario en San Lázaro pidió expresamente que reconsiderara.

El origen está en el expediente S9 23 Cr. 180 del Distrito Sur de Nueva York, desellado el 29 de abril de 2026. Por primera vez en la historia bilateral, Estados Unidos imputó y solicitó la extradición de un gobernador mexicano en funciones. Rocha Moya y otros nueve funcionarios y exfuncionarios sinaloenses, entre ellos el senador Enrique Inzunza, fueron acusados de conspirar con la facción de “Los Chapitos” del Cártel de Sinaloa para exportar narcóticos a cambio de sobornos y apoyo electoral en 2021. La fiscalía estadounidense describe reuniones previas a la elección, promesas de protección, listas manuscritas de pagos mensuales e intimidación de rivales.

Rocha lo negó todo desde el primer momento: “patrañas urdidas por la ultraderecha nacional y extranjera”. Su defensa central —y la del gobierno mexicano— es que Washington nunca entregó las pruebas de manera formal y completa. La Fiscalía General de la República abrió carpetas, pero insiste en que no hay elementos suficientes sin esa evidencia. Sheinbaum mantuvo durante meses la misma línea: soberanía, inocencia hasta que se demuestre lo contrario, y no actuar punitivamente por presión extranjera. El 1 de mayo, Rocha pidió licencia “por convicción personal” y renunció temporalmente al fuero. Ciento doce días después, la FGR no ha presentado cargos. Rocha interpreta eso como absolución. El resto de Morena lo lee como un vacío peligroso.

Lo que ocurrió el 21 de agosto no es solo un deslinde técnico, es la primera vez que el movimiento de la Cuarta Transformación se ve obligado a elegir entre un cuadro histórico, cercano a Andrés Manuel López Obrador, exrector de la Universidad Autónoma de Sinaloa, fundador de Morena, y la disciplina institucional que Sheinbaum intenta imponer.

Rocha cerró su mensaje con un elogio a la presidenta y una reivindicación de lealtad a la 4T. Pero el gesto llegó después de haber actuado en solitario.

La imagen que queda es devastadora para el partido de cara a 2027, cuando se renovarán 17 gubernaturas, incluida la de Sinaloa. Un gobernador imputado por una corte federal estadounidense, reclamado en extradición, que regresa por decisión propia y sin avisar a nadie, envía un mensaje claro: el poder local todavía puede operar al margen del centro.

Los gobernadores morenistas lo entendieron y cerraron filas con Sheinbaum. La oposición (PRI, PAN, MC) lo capitalizó de inmediato: “cinismo”, “impunidad”, “narcomorenista”.

Hay un segundo expediente que no se escribió en Nueva York. El 25 de julio de 2024, el mismo día en que Joaquín Guzmán López subió a Ismael “El Mayo” Zambada a un avión rumbo a Texas, fue asesinado Héctor Melesio Cuén Ojeda, exrector de la UAS y antiguo aliado de Rocha convertido en adversario.

La Fiscalía de Sinaloa habló de un asalto en una gasolinera, meses después la FGR estableció que Cuén murió en el rancho Huertos del Pedregal, el mismo lugar del secuestro de Zambada. El expediente quedó reservado hasta 2031.

Zambada, en su carta, afirmó que lo convocaron para mediar entre Rocha y Cuén, el gobernador dijo que ese día estaba en Estados Unidos; documentaciones periodísticas señalan que solo lo estaba su teléfono, se expediente no lo inventó la ultraderecha, lo desmontó la propia FGR.

Tras el anuncio de su retorno, en Culiacán, las madres buscadoras lo esperaron afuera del Palacio de Gobierno con carpetas de desaparecidos. Él llegó en una camioneta blanca, trajeado, y evadió preguntas. Sinaloa sigue bajo tensión de seguridad, la gente no sale de noche, el PIB local no se recupera.

El mensaje que se envía al norte es que “la plaza no se entrega”.

Estados Unidos no se ha movido públicamente desde abril, pero legisladores del Comité de Asuntos Exteriores mantienen la presión: las acusaciones son “apenas el principio”. Hay reportes de acusaciones sustitutivas todavía selladas, capos negociando sentencias tienen un solo activo: la lista de a quién le pagaron y cuánto.

Washington tiene caminos: silencio a cambio de algo, endurecimiento arancelario o desclasificación. Del lado mexicano, la defensa de la soberanía choca con la exigencia de rendición de cuentas.

La FGR investigó por los delitos que señaló Estados Unidos, los más difíciles de probar en un escritorio y no por los financieros o patrimoniales, que suelen dejar rastros. No se encontró. No es necesariamente que la investigación haya fracasado. Es que estaba diseñada, desde el principio, para no encontrar lo que no se buscó.

El escenario apunta a un choque institucional permanente. Rocha concluye su mandato en octubre de 2027 y por lo pronto tiene el fuero de regreso y la investigación federal sigue abierta. Sheinbaum ya marcó la línea: el poder sin principios es arrogancia. Morena ya mostró que está dispuesto a aislarlo. La oposición ya huele sangre. Y Estados Unidos observa.

Nadie vuelve a un palacio de gobierno sin permiso. Un gobernador imputado por una corte federal estadounidense no reinstala su despacho por iniciativa propia ni le avisa al país por Twitter una mañana de viernes sin que nadie en Palacio Nacional lo sepa… a menos que alguien, en algún momento, le haya dado a entender que podía hacerlo. O a menos que haya calculado que el costo de no hacerlo era mayor.

Rocha Moya volvió con la frente limpia y en alto. Eso dijo. El mismo día en que los gobernadores de su propio partido le pedían madurez y en que la presidenta de la República le recordaba que los cargos son pasajeros, pero la responsabilidad ante la nación es eterna. La grieta apenas comienza a verse. El regreso de Rocha no es solo el de un gobernador, es el de una lógica de poder que insiste en que la inocencia se declara desde el escritorio y que la historia se escribe con el expediente cerrado.


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