El olor de la injusticia
Pablo Andrei Zamudio Díaz
Uno puede pasar años estudiando un olor. Conocer su composición, saber qué lo produce, explicar cómo llega a nuestros sentidos. Puede incluso escribir tratados enteros sobre él.
La mierda, sin embargo, seguirá oliendo a mierda.
Y no porque a nosotros nos parezca que huele mal. Huele así porque es mierda. La diferencia es importante.
Hay aromas que a una persona le resultan insoportables y a otra le encantan. Un perfume puede parecernos demasiado fuerte y ser el favorito de alguien más. Lo mismo ocurre con ciertos alimentos, flores o lugares. En ese terreno caben gustos, recuerdos, asociaciones y preferencias. En otros ámbitos, también convicciones, identidades u orientaciones que forman parte de la diversidad humana.
El problema empieza cuando hacemos de nuestra percepción una medida para los demás. Cuando suponemos que aquello que no nos gusta está mal o que nuestra forma de entender y vivir el mundo tendría que ser también la de los otros.
No todo lo que nos huele mal es mierda.
Puede ser, sencillamente, algo que no nos gusta, que no comprendemos o que nunca escogeríamos para nosotros. Eso no le quita valor ni obliga a nadie a pedirnos permiso para ser distinto.
Por eso nunca me ha convencido del todo la palabra tolerancia. Hay algo en ella que suena a concesión: esto no me gusta, pero acepto soportarlo. Prefiero hablar de respeto y de empatía. El otro no necesita nuestra autorización para pensar distinto, vivir de otra manera o tomar decisiones que nosotros no tomaríamos.
La empatía nos pide algo adicional: hacer el esfuerzo de mirar desde su lugar antes de convertir nuestra percepción en una verdad para todos.
Con la justicia pasa algo parecido.
Llevamos siglos discutiendo qué es justo. Para eso hemos construido teorías, principios, procedimientos, tribunales y constituciones. Toda esa elaboración es necesaria, entre otras cosas, para evitar que cualquiera pueda llamar injusticia a lo que simplemente no le gusta.
Una sentencia adversa no es injusta por ser adversa. Una ley que afecta nuestros intereses no necesariamente vulnera nuestros derechos. Una opinión que nos incomoda puede ser perfectamente legítima. Una forma de vivir distinta de la nuestra no necesita nuestra aprobación para ser igualmente digna.
Hasta ahí, me parece, la distinción es clara.
Lo difícil viene después.
Porque tampoco podemos llevar esta idea al extremo de pensar que todo depende de quién lo mire. Reconocer la pluralidad no significa que toda injusticia sea relativa.
No porque nosotros decidamos que algo es mierda se convierte en mierda. Primero tiene que serlo.
Pero si lo es, tampoco deja de serlo porque encontremos una manera sofisticada de explicarlo.
Ahí entra el Derecho.
Hay actos de autoridad que pueden cumplir con todas las formalidades y seguir siendo arbitrarios. Hay procedimientos que recorren cada una de sus etapas y, aun así, son utilizados con un propósito distinto de aquel para el que existen. Hay decisiones extensamente argumentadas debajo de las cuales puede haber abuso, discriminación, humillación o sometimiento.
Las palabras ayudan a comprender la realidad, pero también pueden utilizarse para disfrazarla.
A una amenaza podemos llamarla estrategia. A un abuso, formalidad. Al castigo anticipado, consecuencia. A la arbitrariedad, necesidad.
El nombre puede cambiar. Lo que ocurrió, no.
Tal vez una de las funciones más importantes de una Constitución sea precisamente ésa: ayudarnos a distinguir. Saber cuándo estamos simplemente ante algo que no compartimos y cuándo existe una verdadera lesión. Cuándo estamos frente a una diferencia y cuándo frente a un abuso.
Los derechos fundamentales no existen para que el mundo huela como nosotros queremos. Tampoco para que nuestra forma de pensar se imponga a los demás. Existen para reconocer un espacio propio a cada persona y, al mismo tiempo, fijar límites que nadie, tampoco el poder, debería atravesar.
El respeto sirve para reconocer la diferencia. La empatía, para intentar comprenderla. Y el Derecho, para determinar cuándo ya no estamos hablando de una diferencia, sino de una injusticia.
Esto también obliga a ser cuidadosos con la idea de inclusión. No deberíamos rechazar algo simplemente porque no coincide con nuestros gustos, convicciones, identidad u orientación. Pero incluir tampoco puede significar que todo deba ser considerado igualmente aceptable por el simple hecho de existir. Para ser incluido tiene que haber mérito propio para ello, no solamente una exigencia de aceptación.
Porque una cosa es que algo no nos guste y otra muy distinta que esté mal.
Y ésa no es una diferencia menor.
Cuando hablamos de injusticia no basta decir que la sentimos. Hay que encontrarla. Hay que explicar qué derecho fue vulnerado, qué límite se cruzó, dónde estuvo la arbitrariedad. Hay que asegurarnos de que no estamos llamando mierda a un aroma que simplemente no es de nuestro gusto.
Para eso sirve el Derecho: para distinguir.
Pero una vez hecha esa distinción, tampoco tendría sentido utilizar toda la sofisticación jurídica para negar lo que ya tenemos enfrente.
El riesgo está en los dos extremos. En llamar injusticia a todo aquello que no nos gusta y en terminar aceptando como diversidad, inclusión o normalidad aquello que en realidad es injusto.
No todo lo que huele mal es mierda.
Pero cuando huele a mierda porque es mierda, ningún perfume cambia lo que es.
