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FILIBERTO MARTÍNEZ
Reporte Maya

TENOSIQUE | A las doce del día del 31 de octubre, dice la tradición que se observa en Tenosique, los angelitos regresan a casa. Son los niños que murieron pequeños —bebés no nacidos o fallecidos sin bautizar— y la creencia popular los hace llegar un día antes que las ánimas adultas. Para recibirlos, las familias encienden veladoras en un altar pequeño, ponen pan en miniatura, abren la puerta y sahúman la casa. En este municipio de la Zona de los Ríos, a orillas del Usumacinta, donde el carnaval y la danza del Pochó concentran la atención pública y mediática, la fecha se conoce también como día de los angelitos. Así la registraba hace catorce años un autor local, que la describía como una de las costumbres más arraigadas del pueblo. Desde entonces ha circulado poco por escrito.

El Día de Muertos se organiza, en la lógica tradicional, por llegadas escalonadas. El 28 de octubre corresponde a quienes murieron por accidente o violencia; el 29 a los ahogados; el 30 a las ánimas olvidadas o sin familiares. El 31, a las doce del día, llegan los angelitos. El 1 de noviembre, Día de Todos los Santos, corresponde a los niños bautizados, y el 2 a los adultos, en la fecha de los Fieles Difuntos. Algunas familias adelantan al 31 la ofrenda para todos los niños, sin distinguir el bautismo. Una crónica del calendario y una revista del Instituto Nacional de Antropología e Historia coinciden en la hora precisa: los angelitos llegan a las 12:00 del 31 y se despiden al mediodía del 1 de noviembre, cuando entran las ánimas adultas. El calendario circula como norma nacional, pero cada región lo mueve o lo interpreta. Las fuentes consultadas no precisan si en Tenosique cada hogar recibe a sus angelitos exactamente a esa hora o en otra.

La regla que más se repite en la ofrenda es la escala: todo lo que se ofrece a un angelito es chico. El altar es blanco. El mantel, las veladoras y las flores —nube y alhelí— son blancas, símbolo de pureza. Se coloca una vela por cada niño; quien mira el altar sabe a cuántos se dedica por el número de velas pequeñas. No hay chile ni licor. El pan es en miniatura, lo mismo que las tortillas; se ofrece fruta y dulce de calabaza. El alcohol y los guisos picantes se reservan a los adultos. Hay dulces y juguetes: alfeñique, canastas con flores, zapatitos y los juguetes preferidos del niño. Un vaso de agua para la sed del viaje. Cuando se anuncia la llegada, las puertas permanecen abiertas y la casa se sahúma con copal.

En el marco más amplio de Tabasco, dos trabajos publicados respaldan que el recuerdo de los niños difuntos forma parte del Día de Muertos local. El primero es un reportaje de Pedro Díaz G. en Excélsior, del 21 de octubre de 2016. Según el texto, el 1 de noviembre se dedica a los niños difuntos y a quienes tuvieron una vida ejemplar, con altares en iglesias, casas o sobre las lápidas. Recoge además una leyenda tabasqueña que prohíbe a los niños salir en las primeras noches de noviembre, porque, dice, “sólo los difuntos tienen derecho a las calles”. La ofrenda que describe incluye guarapo, pozol, dulces de cacao, camote, plátano asado, pinol y yuca, y tamales tabasqueños. El segundo es un artículo de 2023 de las investigadoras Ana Bertha Vidal Fócil y Dalila de Asís Rueda Vásquez, de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, publicado en el Journal of Tourism and Heritage Research. Estudia los altares de familias tabasqueñas y registra fotografías, papel picado, flores, velas, agua, sal, copal y petate, además de una cocina propia que incluye uliche —un mole de masa de origen prehispánico que en chontal llaman “caldo bendito”—, pozol y dulce de coco. También sitúa a los niños en el 1 de noviembre y a los adultos en el 2. Ninguno de los dos nombra a Tenosique, y el segundo trabaja con comunidades chontales de otros municipios. Confirman el marco tabasqueño de la tradición, pero no sustituyen el registro local.

Tenosique está en la margen derecha del Usumacinta, en el punto donde se encuentran Tabasco, Campeche, Chiapas y el Petén guatemalteco. Su fiesta más difundida es el carnaval, con la danza del Pochó; la de los angelitos transcurre de puertas adentro y deja menos huella escrita. Hay dos pistas para ubicarla. La primera es peninsular: el Janal Pixán, la fiesta maya de la “comida de las ánimas”, marca el 31 de octubre como día de los niños y se celebra en Yucatán, Campeche, Quintana Roo, el norte de Belice y partes del Petén. La segunda es la memoria oral. El texto local de 2012 liga la fecha de los angelitos con leyendas como la de la Ixtabay, que según ese relato rondaba el panteón con olor a flor de muerto, la de la gallina con pollitos y la del chivo negro. Es posible que la forma tenosiquense de recibir a los angelitos mezcle el calendario católico nacional con costumbres del sureste maya, pero ninguna fuente publicada lo establece de manera documentada para el municipio. Queda por saber, por ejemplo, si el pib o mucbipollo —que Tenosique ya adoptó en su cocina cotidiana como cochinita pibil— llega también a los altares de estas fechas.

En el país conviven dos costumbres callejera. Una es el “dulce o truco” de Halloween, concentrado la noche del 31. La otra es pedir calaverita, que la tradición vincula sobre todo con el 1 de noviembre y con los angelitos. Los niños recorren casas y comercios con bolsas o recipientes decorados y reciben dulces, fruta, pan de muerto o monedas. En otras regiones tienen coplas propias: en Barranquilla, Colombia, cantan que son ángeles que vienen del cielo, y en Zacatecas piden “el muerto” con cantos. Las fuentes consultadas no registran cuál es la frase que se usa en Tenosique, a qué hora salen los niños ni si el angelito se pide o se reparte.

Lo que existe publicado sobre la tradición en el municipio es escaso. El autor local de 2012 la dejó asentada como costumbre arraigada; las revistas y reportajes posteriores sobre Tabasco confirman el marco regional, pero no entran en el detalle de Tenosique. El carnaval, por su espectacularidad y proyección, ha ocupado el espacio público y mediático. La recepción de los angelitos, en cambio, permanece en el ámbito doméstico: un altar blanco y en miniatura, veladoras pequeñas, puertas abiertas al mediodía y el olor a copal. Las preguntas que sólo las familias del municipio pueden responder —la hora exacta en cada hogar, la presencia o ausencia de ciertos platillos, las coplas o fórmulas con que los niños piden en la calle— siguen abiertas. Mientras tanto, cada 31 de octubre, a las doce del día, la tradición dice que los angelitos regresan.


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