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Ramses Pech


El cambio político en Estados Unidos va más allá de una elección o del equilibrio entre republicanos y demócratas. Durante los próximos dos años, la disputa será quién define la energía que sostendrá el crecimiento económico, hacia dónde irá la inversión, qué infraestructura se construirá y cómo utilizará el país su capacidad energética como instrumento de poder económico, industrial y geopolítico.

Un Congreso demócrata frente a una Casa Blanca republicana encabezada por Donald Trump abriría otra etapa en Washington. El Ejecutivo tendría menos margen para convertir su agenda energética en legislación, pero conservaría facultades ejecutivas y regulatorias. El Congreso podría bloquear iniciativas, condicionar presupuestos, investigar decisiones y reforzar la supervisión. La estrategia presidencial no desaparecería: enfrentaría mayores contrapesos.
Estados Unidos ha concentrado su estrategia en aumentar la producción nacional, exportar petróleo y gas natural y ampliar infraestructura. Busca convertir su abundancia energética en ventaja económica. Un Congreso demócrata podría obstaculizar partes de esa agenda mediante supervisión, restricciones presupuestarias, regulación ambiental y cambios en los incentivos.

Pero el cambio político no implicaría una sustitución acelerada del petróleo y el gas por renovables. Una variable está transformando la discusión energética estadounidense: la creciente demanda de electricidad.

Centros de datos, inteligencia artificial, electrificación, manufactura avanzada y nuevas instalaciones industriales requieren más energía. La discusión ya no se limita a elegir entre fósiles y renovables. El desafío es producir suficiente electricidad, transportarla y garantizar capacidad firme las 24 horas.

En el siglo XX, dominar la energía significaba disponer de petróleo, controlar reservas y rutas marítimas y contar con refinación. Hoy resulta insuficiente. La potencia energética será quien combine petróleo, gas natural, GNL, nuclear, renovables, almacenamiento, redes y tecnología con infraestructura capaz de convertir esos recursos en crecimiento económico. La energía deja entonces de representar únicamente combustible.

Se convierte en una plataforma de poder.
La energía abundante, confiable y competitiva atrae inversión, centros de datos, industria, manufactura avanzada y desarrollo tecnológico. La competencia mundial ya no será solo por controlar petróleo. Será por barriles, moléculas y electrones.

Estados Unidos cuenta con enorme producción de hidrocarburos, infraestructura petrolera y gasífera, capacidad tecnológica, mercado interno, capital y condiciones para desarrollar diferentes fuentes de generación. La pregunta política será cómo administrar esa ventaja y qué tecnologías recibirán prioridad.

Un Congreso demócrata podría tratar de recuperar impulso para solar, eólica, almacenamiento y determinadas tecnologías limpias. Paralelamente, la Casa Blanca podría mantener el objetivo de impulsar petróleo, gas natural y GNL utilizando las facultades que permanezcan bajo el control del Ejecutivo.

Esto permitiría que, entre 2027 y 2028, Estados Unidos terminara desarrollando una estrategia energética menos lineal de lo que cualquiera de los dos partidos pudiera pretender.

Podría convertirse, por necesidad económica, en petróleo más gas natural más nuclear más renovables más almacenamiento más redes. El problema estaría en otro lugar: la incertidumbre.

Las inversiones energéticas necesitan reglas estables. Terminales de GNL, gasoductos, centrales eléctricas, plantas nucleares, líneas de transmisión y grandes proyectos de generación requieren miles de millones de dólares y largos plazos para recuperar el capital.

Las agendas enfrentadas de la Casa Blanca y el Congreso elevan el riesgo de investigaciones, bloqueos presupuestarios, cambios regulatorios, litigios y modificaciones de incentivos. La energía puede seguir creciendo, pero las empresas deberán incorporar ese riesgo político y regulatorio en sus decisiones financieras.

La demanda eléctrica podría obligar a ambos partidos a coincidir en transmisión, expansión de redes, confiabilidad, generación y permisos. En esas áreas, la necesidad económica podría imponerse a la confrontación política.
Aquí aparece otra cuestión fundamental: ¿continuaría la actual política exterior energética estadounidense si los demócratas controlan el Congreso? Probablemente sí, aunque con mayores límites, contrapesos y modificaciones.
Un cambio en el Congreso difícilmente eliminaría el uso de la energía como instrumento internacional. El petróleo, el gas natural, el GNL, la tecnología y la capacidad financiera de Estados Unidos son ventajas estructurales, no patrimonio de un partido.

El Congreso podría ejercer mayor vigilancia sobre determinadas decisiones presidenciales y tratar de modificar prioridades presupuestarias, comerciales o regulatorias. La Casa Blanca, mientras tanto, conservaría capacidad de actuación en política exterior y buscaría mantener su estrategia mediante las herramientas disponibles.

Por tanto, podría existir una confrontación sobre los instrumentos, sin que necesariamente desaparezca el objetivo estratégico de conservar el liderazgo energético estadounidense.

La dominación energética no pertenece exclusivamente a una administración ni a un partido. Se está convirtiendo en una cuestión de seguridad nacional, competitividad industrial y posicionamiento internacional.

El gas natural licuado constituye un buen ejemplo. Exportar GNL no representa solamente vender una molécula. Significa conectar mercados internacionales con infraestructura y producción estadounidense. Lo mismo sucede con el petróleo, la tecnología nuclear, los equipos eléctricos o las nuevas tecnologías energéticas. Por eso, energía y política exterior son cada vez más difíciles de separar.

La competencia mundial está evolucionando hacia una lucha por controlar no únicamente recursos naturales, sino las cadenas que permiten convertir esos recursos en poder económico. Petróleo, minerales críticos, electricidad, tecnología, infraestructura, almacenamiento, capacidad industrial e inteligencia artificial empiezan a formar parte de un mismo tablero.

Y precisamente por eso resulta difícil imaginar que Washington abandone voluntariamente una estrategia de liderazgo energético, independientemente del equilibrio partidista. Puede cambiar la regulación, pueden cambiar los incentivos y puede variar la velocidad con la que se desarrollan determinadas fuentes, pero la necesidad estratégica de disponer de energía abundante permanecerá.

Para México, este cambio tiene una importancia extraordinaria. La economía mexicana se encuentra profundamente integrada con Estados Unidos y particularmente vinculada al sistema energético de Texas. El gas natural estadounidense alimenta una parte fundamental de la generación eléctrica y de la actividad industrial mexicana. Eso significa que cualquier transformación importante de la política energética estadounidense puede tener consecuencias directas sobre México.

El verdadero riesgo para México no necesariamente sería que Estados Unidos produzca menos energía. El riesgo sería que Estados Unidos avance mucho más rápido en infraestructura, generación, redes y disponibilidad eléctrica mientras México encuentre dificultades para acompañar ese crecimiento.

La diferencia energética podría transformarse entonces en una diferencia de competitividad. Una empresa que decide dónde instalar un centro de datos, una fábrica, una planta automotriz o una instalación industrial no observa solamente salarios o impuestos. Cada vez tendrá mayor importancia conocer cuánta electricidad existe, cuánto cuesta, qué tan confiable es la red y cuánto tiempo tardará en obtener una conexión.

Será una etapa de poder político dividido frente a una demanda energética creciente.

La Casa Blanca intentará conservar su estrategia; el Congreso buscará modificar, supervisar o bloquear determinadas políticas; los tribunales seguirán teniendo influencia sobre algunas decisiones, y los estados mantendrán competencias importantes. Pero por encima de todos estos enfrentamientos existe una realidad física que ningún partido puede modificar mediante un discurso: Estados Unidos necesitará cada vez más energía.

Dominar la energía ya no significará únicamente producir más petróleo y gas que otros países. Significará controlar una parte creciente de la cadena que transforma los recursos en electricidad, industria, tecnología, comercio e influencia internacional. El verdadero poder energético del futuro estará en quien pueda controlar simultáneamente la molécula y el electrón.

Petróleo para movilidad, petroquímica e industria. Gas natural para generación y procesos productivos. GNL para conectar la producción estadounidense con los mercados internacionales. Nuclear para proporcionar generación firme. Renovables para ampliar la oferta eléctrica. Almacenamiento para dar flexibilidad al sistema. Redes para transportar la electricidad. Y tecnología para transformar toda esa energía en crecimiento económico.

Puede cambiar el Congreso. Puede modificarse el equilibrio entre republicanos y demócratas. Puede aumentar la confrontación entre el Legislativo y la Casa Blanca. Incluso pueden cambiar algunas regulaciones, incentivos y prioridades de inversión. Lo que difícilmente cambiará será la competencia por el poder energético mundial.

Estados Unidos podrá discutir internamente qué fuente debe recibir mayor apoyo, pero difícilmente renunciará a mantener su influencia energética internacional. Porque, en el mundo que viene, dominar la energía significará mucho más que dominar el petróleo.

Significará producir los barriles, controlar las moléculas y generar los electrones que moverán la economía mundial. Quien lo consiga de forma abundante, confiable y competitiva no solo tendrá energía: tendrá poder económico, industrial, tecnológico y geopolítico.


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