La República también se teje desde la justicia
Pablo Andrei Zamudio Díaz
Cada 12 de julio celebramos el Día del Abogado. Es una fecha para reconocer una profesión indispensable para la vida jurídica de nuestro país. Pero también representa una oportunidad para recordar que la justicia no pertenece a los abogados, del mismo modo que la República tampoco pertenece a los gobernantes.
Con frecuencia se afirma que los abogados somos custodios de la justicia. La expresión contiene una verdad, aunque resulta insuficiente. La justicia no descansa sobre una sola profesión ni puede depender exclusivamente de quienes ejercemos el Derecho. Descansa sobre una convicción compartida: que toda persona tiene el deber de defender la dignidad humana desde el lugar que ocupa en la sociedad.
El abogado no dignifica su profesión únicamente por conocer las leyes, sino por poner ese conocimiento al servicio de la justicia. Sin embargo, esa vocación no le es exclusiva. También sirve a la justicia el juez que decide con independencia; el periodista que privilegia la verdad sobre la conveniencia; el maestro que forma ciudadanos libres; el servidor público que actúa con integridad; el empresario que compite con honestidad; la madre y el padre que educan en el respeto; y cualquier persona que, en los actos más cotidianos, decide no ceder frente a la arbitrariedad.
Todos somos instrumentos de la justicia cuando comprendemos que los derechos humanos no constituyen únicamente un catálogo de prerrogativas, sino el propósito mismo del orden constitucional y el fin al que debe orientarse toda actuación del Estado, así como la convivencia entre las personas.
Por ello, suele afirmarse que la justicia constituye el fundamento de la República. La afirmación es correcta, pero está incompleta. También la República constituye el fundamento de la justicia.
No existe República donde la arbitrariedad sustituye al derecho, donde la ley deja de aplicarse por igual o donde el poder encuentra caminos para imponerse sin límites. Pero tampoco existe verdadera justicia sin una República que garantice instituciones sólidas, división de poderes, independencia judicial y respeto irrestricto a la Constitución.
Una da legitimidad a la otra. La otra hace posible su existencia. Son realidades indisolubles.
Los abogados participamos en esa construcción, pero no somos sus únicos protagonistas. La República se fortalece cada vez que una persona decide actuar conforme a sus principios antes que a sus intereses; cada vez que alguien defiende la dignidad de otro, aunque no obtenga beneficio alguno; cada vez que la legalidad prevalece sobre la conveniencia y el bien común se coloca por encima de la ventaja individual.
Quizá esa sea la enseñanza más valiosa de este Día del Abogado: nuestra profesión no nos convierte en propietarios de la justicia, sino en servidores de una causa que pertenece a toda la sociedad.
La República no se sostiene únicamente por sus instituciones, sino por las personas que les dan sentido. La justicia tampoco florece exclusivamente en los tribunales; nace en la conciencia de quienes comprenden que la dignidad humana constituye el origen, el propósito y el límite de todo ejercicio del poder.
En una auténtica República, la justicia no es tarea de unos cuantos. Es una obra colectiva que se teje todos los días. Y en esa tarea, sin importar nuestra profesión, cargo o condición, todos estamos llamados a participar.
