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Pablo Andrei Zamudio Díaz
Abogado constitucionalista

En un país marcado por la desconfianza hacia sus instituciones, la llegada de un nuevo Poder Judicial abre más dudas que certezas. La pregunta es inevitable: ¿será capaz de actuar con independencia y rectitud, o quedará atrapado en el juego de conveniencias políticas?

Aferrarse a la esperanza y a la ilusión no es ingenuidad, es casi un deporte nacional. En México, creer que las instituciones pueden transformarse y cumplir con su deber se parece más a un acto de fe que a una certeza. Y, sin embargo, esa fe es la que nos mantiene de pie.

Hoy deseo creer tanto en Santa Claus como en que el nuevo Poder Judicial será, como se anhela, un poder que no se doblegue a conveniencias políticas ni a presiones de ocasión. Porque claro, esperar independencia judicial en nuestro país puede sonar tan creíble como esperar que Santa reparta regalos en un país sin chimeneas. La diferencia, sin embargo, es crucial: mientras la fantasía de Santa Claus no lastima a nadie, la fantasía de un Poder Judicial sometido nos cuesta democracia, libertades y futuro.

La advertencia es clara: si nuestro nuevo Poder Judicial decide jugar o someterse al intercambio de favores en lugar de impartir justicia, lo que nos estará regalando no será un mejor país, sino el envoltorio vacío de un sistema quebrado. Ese “regalo” no lo podemos aceptar como sociedad, porque resignarnos sería renunciar al derecho de exigir justicia y condenarnos a vivir en la simulación.

El reto está planteado. O el Poder Judicial se asume como el garante último de la Constitución y de los derechos de las personas, o se convertirá en el actor que, por complacencia o sumisión, termine de erosionar la ya frágil confianza ciudadana. Y en ese escenario no habrá ilusión que lo disfrace.


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