Zootopia y la lección que los adultos seguimos desatendiendo
Pablo Andrei Zamudio Díaz
Hay películas que se presentan como entretenimiento infantil y, sin embargo, interpelan con mayor crudeza a las personas adultas. Zootopia 2 es una de ellas. No porque simplifique la realidad, sino porque la desnuda: exhibe, con una honestidad incómoda, los prejuicios que aprendimos a normalizar y la facilidad con la que preferimos clasificar antes que comprender, sin detenernos a mirar las raíces.
Zootopia 2 no habla de animales; habla de nosotros como sociedad. De cómo construimos identidades a partir del desconocimiento, del miedo y del tabú. De cómo heredamos etiquetas que rara vez cuestionamos y de cómo solemos fijar la mirada en aquello que nos separa, aun cuando las coincidencias son más profundas, más constantes y más humanas. La película nos recuerda algo elemental que las personas adultas solemos olvidar: la diferencia no es una amenaza; el prejuicio, sí.
En una época donde la polarización se ha vuelto moneda corriente —en la política, en la vida pública e incluso en lo cotidiano—, el mensaje resulta urgente. Nos hemos acostumbrado a vivir desde trincheras morales, ideológicas o sociales, convencidos de que el otro es el problema. Zootopia propone lo contrario: el verdadero obstáculo es la renuncia a mirarnos sin filtros, sin sospecha previa, sin el atajo cómodo del estereotipo.
Los personajes no vencen al sistema por ser excepcionales, sino por atreverse a cuestionarlo. Y esa es quizá la enseñanza más incómoda para quienes ya no somos niños: el cambio exige responsabilidad personal. Exige reconocer que, muchas veces, somos parte del problema que decimos criticar. Que no basta con proclamarse tolerante; es necesario revisar las conductas cotidianas, los juicios automáticos y las exclusiones que hemos normalizado.
Por eso Zootopia debería proyectarse menos como una simple película familiar y más como un espejo social. Porque nos recuerda que la convivencia no se construye negando las diferencias, sino entendiendo que nunca son más grandes que lo que compartimos. Que lo que nos une —la dignidad, la empatía, la posibilidad de elegir quiénes somos— siempre tendrá más peso que cualquier rasgo que intente separarnos.
Tal vez, si aprendiéramos a mirar esta historia con ojos verdaderamente adultos, comprenderíamos que crecer no es endurecerse, sino recuperar la capacidad de cuestionar aquello que dimos por cierto demasiado pronto. Y que, al final, la madurez no consiste en tener razón, sino en aprender a convivir.
