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REPORTE MAYA
El Gato Maya 🐾

En este Cancún donde todo se inaugura —desde glorietas hasta esperanzas recicladas— ahora también se celebran relevos celestiales con protocolo terrenal y alfombra bien planchada. La gobernadora Mara Lezama llegó puntual a la toma de posesión de Monseñor Salvador González Morales como segundo obispo de la Diócesis Cancún-Chetumal.

La parroquia de la “Sagrada Familia”, en la siempre resiliente supermanzana 30, se convirtió por unas horas en punto de encuentro entre el cielo, el poder y la agenda pública. Incienso, cámaras, sonrisas medidas y discurso institucional. Todo en orden. Todo correcto. Todo fotografiable.

El acto fue encabezado por el nuncio Joseph Spiteri y acompañado por el arzobispo Gustavo Rodríguez Vera. La liturgia avanzó como reloj suizo, mientras la clase política asentía con esa solemnidad que da la experiencia de muchos eventos… y pocos milagros.

Ahí, la mandataria habló de diálogo permanente, de construcción de paz y de colaboración respetuosa entre Iglesia y Estado. Porque sí, el Estado es laico… pero también sabe que cuando la violencia desborda, cualquier púlpito se vuelve tribuna útil. Y cuando el tejido social cruje, hasta la sotana parece chaleco antibalas simbólico.

Hubo una frase que este felino no dejó escapar: gobierno e Iglesia comparten la búsqueda del bien común. Traducción gatuna: cuando la casa arde, todos dicen traer cubetas… aunque a veces sólo traigan discursos.

Se mencionaron los valores ausentes, la violencia familiar, los jóvenes atrapados en la esquina donde la droga ofrece más pertenencia que la escuela, las mujeres que cargan el peso invisible, los adultos mayores olvidados y las comunidades indígenas que siguen esperando algo más que reconocimiento protocolario. Un inventario completo de dolores que no caben ni en una homilía dominical ni en un informe trimestral.

Y es que en Quintana Roo la paz se pronuncia con facilidad, pero se construye con dificultad. Se repite como mantra en eventos oficiales, pero rara vez baja a ras de suelo, donde el narcomenudeo recluta adolescentes con más eficiencia que cualquier pastoral juvenil.

Hablar de paz en un estado donde las adicciones crecen en silencio exige algo más que buena voluntad. Exige por lo menos centros de atención reales, presupuesto sostenido, apoyo sin simulación a los grupos de autoayuda que luchan solos contra el monstruo químico y emocional que devora familias y exige psicólogos en escuelas públicas.

Porque la paz no se decreta desde el altar ni se firma desde Palacio. La paz se cocina lento en colonias donde el alumbrado falla, en casas donde el miedo duerme en la misma cama que los hijos, en barrios donde la fe compite con la oferta del dealer.

Este Gato Maya, metiche profesional y cronista de lo evidente, ha visto suficientes ceremonias para saber que las fotos sonríen más que la realidad.

Pero también reconoce algo: cuando el poder civil y el religioso hablan de paz, al menos están admitiendo que hay guerra.

Y aceptar la guerra es el primer paso para dejar de maquillarla, poque más que actos solemnes, Cancún necesita actos valientes.


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