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En el Caribe mexicano, donde el turismo de masas disfraza las sombras del crimen transnacional, una red de motociclistas canadienses vinculada a los Hells Angels tejió durante años una operación de tráfico de cocaína, armas y lavado de dinero que conectaba las calles de Quebec con los condominios de lujo de Cancún y Playa del Carmen

CANCÚN | REDACCIÓN | La madrugada de este día y bajo un operativo coordinado de precisión, fuerzas federales mexicanas —elementos de la Secretaría de Marina (Semar), la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC), la Fiscalía General de la República (FGR) a través de la FEMDO y la Secretaría de Seguridad Ciudadana de Quintana Roo— ejecutaron tres órdenes de cateo simultáneas en inmuebles ubicados en Cancún, municipio de Benito Juárez. Uno de los puntos clave se situó en la exclusiva zona residencial de Isla Dorada. Allí localizaron y detuvieron a Robert Skojo, ciudadano canadiense de 1.83 metros de estatura, 88 kilogramos de peso, cabello castaño y ojos castaños, registrado también como Robert “N” o Denis “N” y conocido en los círculos delictivos como “El Rob”.

Durante los cateos, los agentes aseguraron dos armas largas, un arma corta, 1.3 kilogramos de marihuana, dos vehículos de lujo y un teléfono celular. Skojo, descrito por las autoridades canadienses como líder y operador logístico de la célula de los Hells Angels Motorcycle Club en la región, contaba con una ficha roja vigente de Interpol y una orden de aprehensión con fines de extradición. Canadá lo perseguía desde hace más de una década; sobre él pesaba una condena en ausencia por conspiración para el tráfico de drogas e incumplimiento de órdenes judiciales tras no comparecer ante los tribunales. Fue informado de sus derechos, puesto a disposición del Ministerio Público y se inició de inmediato el procedimiento para su entrega a las autoridades canadienses. En su historial figura un episodio fronterizo anterior en el que su entonces pareja, la exmodelo de Playboy y Playmate del Año 2004 Colleen Shannon, intentó introducirlo de manera irregular a territorio estadounidense.

Cinco meses antes, el 14 o 15 de mayo de 2026, el mismo dispositivo de seguridad federal había cerrado el cerco sobre otro eslabón clave. En un operativo nocturno en Cancún, elementos de la Marina, en coordinación con la SSPC y la FGR, detuvieron a Denis Ivziku, de 28 años, originario de Columbia Británica. Las fotografías oficiales lo muestran esposado frente a un jet privado, rodeado de agentes de la Marina, Interpol y seguridad estatal, con el rostro parcialmente cubierto. Ivziku era identificado como operador logístico y uno de los principales generadores de violencia de la organización Hells Angels Motorcycle Club. Se trataba del último de los 22 objetivos prioritarios del Proyecto Divergent, una investigación de años de la Real Policía Montada de Canadá (RCMP) que rastreaba una red internacional de tráfico de drogas y armas con operaciones en Canadá, Estados Unidos, Colombia y Grecia. Hermano político del Hells Angel y miembro de la Wolfpack Damion Ryan, enfrentaba cargos por tráfico internacional de narcóticos, armas de fuego y, según la ficha roja emitida por Interpol en Budapest, también posesión de armas, tráfico de narcóticos y tráfico de personas. Canadá lo requería mediante orden de extradición. Su principal zona de movilidad era el municipio de Benito Juárez. Fue puesto a disposición del Ministerio Público para los trámites de entrega. Estos golpes no surgieron de la nada. Forman parte de una cadena de eventos que se remonta a las calles de Montreal y a las playas de la Riviera Maya, donde fugitivos canadienses encontraron un refugio casi perfecto.

El asesinato que destapó la red
El 21 de diciembre de 2024, un sábado de sol radiante en la temporada alta turística, Mathieu Bélanger, de 39 años, alias “Barbu” o “El Barbu”, originario de Repentigny, Quebec, salió del gimnasio exclusivo Evolve, ubicado en el centro comercial Xaman Ha Center, en la zona residencial de Playacar, Playa del Carmen. Se dirigió a su Jeep Grand Cherokee negro, un vehículo de lujo sin placas de circulación, que estaba estacionado de reversa. Dos hombres a bordo de una motocicleta se acercaron. En cuestión de segundos le dispararon cinco veces en la cabeza a quemarropa. Bélanger quedó muerto en el asiento del conductor. En la escena, los peritos contabilizaron más de una docena de casquillos y varios impactos de bala en la ventanilla del lado del conductor. Minutos después llegó su esposa, Andrée-Ann Vignola Sullivan, de 33 años, también fugitiva, quien no viajaba con él en ese momento.

Bélanger había huido de Canadá en abril de 2022 junto con su pareja y sus tres hijos después de que la Sûreté du Québec emitiera órdenes de arresto por posesión y almacenamiento indebido de armas de fuego. Ambos formaban parte de la organización “Fratrum”, que abastecía de cocaína y otros narcóticos a los Hells Angels de la región de Montreal. La Operación Percuter, impulsada por el Escuadrón Nacional de Represión contra el Crimen Organizado, los había puesto en la mira. Primero se instalaron en Oaxaca y luego se mudaron a Playa del Carmen, donde adquirieron documentación mexicana apócrifa que los hacía aparecer como nacidos en Huatulco, Oaxaca. Residían en el fraccionamiento Bosques de Bambú. Desde allí, según las investigaciones, Bélanger coordinaba el envío de cargamentos de cocaína y fentanilo hacia Quebec, operando bajo alianzas con la facción de Los Chapitos del Cártel de Sinaloa —aunque algunas versiones locales también lo vinculaban al Cártel Jalisco Nueva Generación—.

En abril de 2024, apenas ocho meses antes de su muerte, autoridades de Solidaridad lo detuvieron en un retén en la Calle 4 y Avenida 15 de la colonia Centro de Playa del Carmen. Portaba un revólver y narcóticos en su camioneta Chevrolet High Country negra. Fue acusado de desobediencia y resistencia de particulares. Horas después recuperó la libertad en circunstancias que aún generan sospechas de corrupción o protección institucional. El lugar de su ejecución, el Xaman Ha Center, aparece en las listas de la OFAC relacionado con estructuras financieras vinculadas a grupos criminales mexicanos. Las primeras líneas de investigación federales y estatales apuntaron a un ajuste de cuentas interno del Cártel de Sinaloa o a una disputa territorial que lo convirtió en objetivo de sicarios enviados desde las propias redes con las que negociaba.

Por qué el Caribe mexicano
Los Hells Angels, fundados en 1948 en Fontana, California, y convertidos en una de las organizaciones de motociclistas más poderosas del mundo, dominan desde hace décadas el crimen organizado en Canadá, especialmente en Quebec y Columbia Británica. Su modelo de negocio —tráfico de cocaína, metanfetaminas, armas, extorsión y lavado— requiere puntos de acceso a la droga mexicana y colombiana, y lugares donde el dinero pueda diluirse en la economía formal.Quintana Roo ofrece todo eso. El boom inmobiliario y turístico genera un flujo constante de efectivo, propiedades de alto valor y negocios de alto volumen —hoteles, bares, gimnasios, desarrollos residenciales— ideales para el lavado. Las zonas exclusivas de Isla Dorada en Cancún, Playacar y los condominios de Tulum permiten a los operadores vivir con bajo perfil pero con lujos visibles: vehículos de gama alta, residencias con vista al mar, documentación apócrifa obtenida a través de redes locales.

Desde 2020, según reportes de la DEA e inteligencia mexicana, grupos extranjeros de Canadá, Rusia, Armenia, Colombia y Venezuela intensificaron su presencia en Cancún, Playa del Carmen, Cozumel y Chetumal. Los Hells Angels se insertaron en esa lógica: usaron el turismo como cobertura, establecieron células compuestas mayoritariamente por canadienses y forjaron alianzas con facciones del Cártel de Sinaloa para garantizar el suministro de cocaína destinada a los mercados de Montreal y Quebec.

No se trata solo de tráfico. Las autoridades mexicanas han señalado que la célula operaba también cobro de piso y extorsión en zonas turísticas, además de contrabando de armas. El dinero se reinvertía en propiedades, vehículos y, según indicios, en negocios de entretenimiento nocturno y desarrollos inmobiliarios que justificaban los flujos de capital.

La ruta típica comienza con la presión policial en Canadá. Operaciones como Percuter o Project Divergent empujan a los operadores de nivel medio y alto a buscar refugio. México, con su frontera porosa para quienes ya cuentan con contactos y dinero, y con la Riviera Maya como destino de bajo control relativo para extranjeros de alto poder adquisitivo, se convierte en la opción natural. Llegan con pasaportes canadienses, adquieren documentos mexicanos falsos, alquilan o compran propiedades a través de prestanombres y comienzan a coordinar envíos. Bélanger preparaba los cargamentos desde Playa del Carmen; Ivziku y Skojo, según las autoridades, manejaban la logística y el liderazgo local en Cancún.

La cooperación entre la RCMP y las fuerzas mexicanas se intensificó después del asesinato de Bélanger. El intercambio de información permitió ubicar primero a Ivziku en mayo de 2026 y, cinco meses después, a Skojo en sus residencias de Cancún. Ambos enfrentan ahora procesos de extradición. Las autoridades mexicanas han subrayado que estas acciones debilitan las estructuras operativas de grupos delictivos que afectan la seguridad en zonas turísticas.

La captura de Skojo y Ivziku representa un golpe significativo a la célula canadiense en Quintana Roo, pero no elimina la presencia de redes transnacionales. La Riviera Maya sigue atrayendo a fugitivos de diversas nacionalidades precisamente porque ofrece lo que pocos lugares del continente pueden: sol, playa, flujo de dinero en efectivo y una burocracia que, en ocasiones, resulta permeable.

Las investigaciones continúan sobre posibles complicidades locales que permitieron a Bélanger recuperar la libertad en 2024 y sobre los activos inmobiliarios que podrían estar vinculados al lavado.

En las calles de Cancún y Playa del Carmen, el sol sigue brillando sobre los mismos desarrollos de lujo donde, hasta hace poco, operaban hombres que habían huido de la justicia canadiense. La diferencia es que ahora, tras años de inteligencia compartida y operativos coordinados, algunos de ellos ya no caminan libres entre los turistas. El Caribe mexicano, durante mucho tiempo un santuario discreto para el crimen organizado global, comienza a mostrar las grietas de esa impunidad.


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