“Chacmuchuch: Sufre y Calla”, documental dirigido por Bernardo Hautenne, explora la crisis socioambiental que amenaza a la Laguna Chacmuchuch, al norte de Cancún. Después de años de abandono del basurero, desborde de lixiviados, disposición ilegal de residuos y falta de acción institucional, la ANP Chacmuchuch está en grave riesgo de colapso ambiental

REPORTE MAYA
REDACCIÓN
CANCÚN | A pocos kilómetros de las playas de arena blanca y los resorts de Costa Mujeres, donde el turismo internacional sigue creciendo como si el paisaje fuera eterno, se extiende un ecosistema que agoniza en casi total discreción. La Laguna Chacmuchuch, refugio estatal de flora y fauna de casi dos mil hectáreas de manglares, humedales y cuerpos de agua que conectan con el sistema lagunar Manatí y el Caribe mexicano, lleva décadas absorbiendo el precio de un desarrollo que no miró atrás. El viernes 9 de octubre, a las 18.30 horas, en el Teatro 8 de Octubre de Cancún, el documental Chacmuchuch: Sufre y Calla, dirigido por Bernardo Hautenne, intentará romper ese silencio con entrada gratuita.
La película, estructurada en cinco capítulos que cruzan perspectivas distintas sobre la crisis y los intentos de defensa, no es un producto aislado. Es la continuación de un trabajo que Hautenne inició con Chacmuchuch: Un Ecocidio Quieto, estrenado en 2024 y que ya había logrado reunir más de 14.000 firmas ciudadanas, forzar revisiones de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) y empujar la construcción de una caseta de vigilancia y el anuncio de una planta de tratamiento. Ahora el director regresa con un tono más íntimo y doloroso: el de quienes viven dentro o al borde del área natural protegida y han normalizado, por necesidad o por agotamiento, la degradación.

En el centro de esa narración está Claudia Canul Ovando, presidenta de la Asociación Civil de Silvicultores de Terrenos Nacionales de Isla Mujeres, y sus dos hijas. Las tres —conocidas en el entorno activista como “las Claudias”— habitan el territorio desde que el padre de Claudia, Lorenzo Canul, buscó un lugar donde vivir cerca de la naturaleza cuando ellas eran niñas. Lo que encontró fue un paisaje de manglar que con el tiempo se convirtió también en vecino del antiguo relleno sanitario de Cancún, conocido localmente como “Sufre y Calla”. Ese basurero, instalado en 1994 dentro o en los límites de lo que después sería área protegida y clausurado hacia 2005-2006 sin el cierre técnico adecuado, sigue generando lixiviados. Esos líquidos tóxicos, cargados de metales pesados como plomo y mercurio, se desbordan especialmente en temporada de lluvias hacia la laguna, el manto freático y los manglares.

Claudia ha contado en entrevistas cómo su padre fue esposado por oponerse a proyectos de disposición de residuos. Ella y sus hijas han visto crecer a sus familias junto a esos escurrimientos, han documentado la muerte de vegetación, el olor pútrido de las piletas de lixiviados de varios metros de profundidad y la contaminación que llega a peces y cangrejos azules, especies que luego se comercializan en la zona. La acumulación de tóxicos en la cadena alimentaria se traduce, según testimonios recogidos por el propio Hautenne y por voluntarios ambientales, en problemas de salud entre los vecinos: dermatitis, trastornos gastrointestinales y el temor latente a efectos a largo plazo.

La laguna no solo sufre por el pasado. En octubre de 2026, apenas días antes del estreno, reportes locales siguen documentando el vertido ininterrumpido de desechos industriales, comerciales y hoteleros en el acceso por la avenida Arco Norte, justo detrás de la Universidad del Caribe. Camiones entran y salen con una velocidad y volumen que superan la capacidad de las brigadas de limpieza. Durante las lluvias, esos residuos se arrastran hacia el cuerpo de agua.



Empresas y complejos hoteleros eluden con frecuencia los planes de manejo obligatorios y contratan intermediarios que descargan materiales de manejo especial en la zona. A esto se suman la pesca furtiva, la captura de cangrejo azul y de cangrejo herradura (cacerolita de mar o Limulus polyphemus, protegido por la NOM-059) para usarlo como carnada en la pesca de pulpo, el acceso descontrolado de vehículos a la costa y, en el pasado reciente, dragados e invasiones irregulares.



El Área Natural Protegida fue decretada el 9 de agosto de 1999 como zona sujeta a conservación ecológica y refugio estatal de flora y fauna. Durante años careció de un plan de manejo efectivo. Las denuncias de los guardianes comunitarios se acumularon ante Profepa y la Procuraduría de Protección Ambiental del estado con resultados intermitentes. En mayo de 2024, un comunicado de Profepa afirmó no haber encontrado evidencias de contaminación tras una visita. Al día siguiente, Hautenne y su equipo volvieron con cámaras y drones y documentaron lo contrario: lixiviados activos, basura y degradación visible. Esa contradicción detonó el primer documental y la movilización.

Bernardo Hautenne
Las acciones posteriores han sido parciales. Se construyó o anunció una caseta de vigilancia para frenar la disposición ilegal y la caza furtiva. El gobierno de Quintana Roo destinó 30 millones de pesos a una planta de tratamiento de lixiviados que, según autoridades estatales, ya opera con una eficiencia cercana al 98 %. Se proyecta un Centro de Control y Vigilancia Ambiental en el Arco Norte, con presencia de la Guardia Nacional y coordinación con guardianes comunitarios. También se ha impulsado un corredor turístico costero Chacmuchuch-Manatí con financiamiento internacional del Sistema Arrecifal Mesoamericano. Pero los tiraderos clandestinos reaparecen, las limpias periódicas retiran toneladas de residuos que vuelven a acumularse y los vecinos piden operativos permanentes, no acciones esporádicas.

Chacmuchuch: Sufre y Calla se detiene precisamente en ese desfase entre los anuncios institucionales y la experiencia cotidiana. Uno de sus capítulos se centra en el testimonio de Dinorah (colaboradora del primer documental), que relata cómo la lucha se intensificó a partir del reporte de Profepa de mayo de 2024 y la exigencia de casetas de vigilancia.

Otros capítulos dan voz a las distintas capas del conflicto: la biodiversidad amenazada, la salud de las comunidades, la impunidad de los vertidos y la resistencia cotidiana de quienes no pueden mudarse porque ese es su hogar y su medio de vida.

Hautenne, activista ambiental de la Riviera Maya, ha acompañado el proceso con entrevistas largas a las Claudias, imágenes aéreas y un trabajo de persistencia que ha convertido el caso en un referente local de cómo un documental puede forzar la conversación pública. La nueva película incluye música original, entre ella la canción “Alas de Mujeres”, y busca no solo denunciar sino mostrar el tejido humano que sostiene la defensa del territorio.

El estreno en el Teatro 8 de Octubre no es solo una proyección. Es un acto de visibilización en una ciudad que ha convertido el turismo en su principal motor económico y que a menudo prefiere no mirar lo que ocurre en sus márgenes. La Laguna Chacmuchuch no es un remoto paraje selvático. Está a minutos del crecimiento urbano y hotelero. Su colapso, si llega, no será un accidente natural sino el resultado de años de abandono del basurero, de disposición ilegal de residuos, de vigilancia intermitente y de una normalización progresiva del daño.

El documental no promete soluciones mágicas. Retrata el silencio de las comunidades que han aprendido a vivir con el olor y el riesgo, el silencio institucional que responde tarde o de manera incompleta, y el silencio social de una sociedad que pasa de largo mientras disfruta de las playas cercanas. En ese silencio, Claudia Canul Ovando y sus hijas siguen plantando cara, organizando, documentando y exigiendo. Chacmuchuch: Sufre y Calla es, sobre todo, el intento de que ese sufrimiento deje de ser mudo. El viernes, en Cancún, habrá oportunidad de escucharlo.

