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CDMX | ESPECIAL | Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, líder histórico de la izquierda mexicana y precursor de la transición democrática del país, falleció este miércoles a los 92 años de edad. Sin su figura no se entendería que la izquierda haya llegado al poder. Tanto la actual presidenta, Claudia Sheinbaum, como el exmandatario Andrés Manuel López Obrador caminaron con Cárdenas en las luchas democráticas de los años ochenta, cuando el Ingeniero, como también se le conocía, rompió desde dentro el sistema de partido hegemónico del PRI y dio inicio a la transición.

“Un hombre de principios firmes, que transformó la vida política”, lo calificó la presidenta, Claudia Sheinbaum, para quien “su dignidad y convicción republicana quedan como un referente imprescindible para nuestra nación”. El exmandatario Andrés Manuel López Obrador, aseguró que “sin él, otra sería la realidad política del país. Fue un transformador; nos deja sus enseñanzas y los ideales que nunca mueren”. La noticia de su muerte provocó algo inusual en estos tiempos: la unidad del mundo político en torno a una figura que trascendió su espectro ideológico. Los expresidentes panistas, Vicente Fox y Felipe Calderón, y los dirigentes de todos los partidos, se han sumado a las condolencias.

En la noche del 28 de octubre de 2026, cuando la Ciudad de México todavía guardaba el olor a tierra mojada de las últimas lluvias de otoño, se extinguió la respiración de un hombre que había aprendido a hablar en nombre de los que no tenían voz. Cárdenas Solórzano, el ingeniero de mirar sereno, voz pausada y convicciones de acero, murió en el Hospital Ángeles Metropolitano de la colonia Roma Sur. Con él se fue no solo un político, sino el último eslabón vivo de una estirpe que había soñado un México distinto y que, a fuerza de derrotas dignas y de una ética inquebrantable, terminó por hacerlo posible. Sus restos fueron trasladados esa misma noche al Panteón Francés de San Joaquín, en la Calzada Legaria, donde ya descansaba desde el 19 de octubre de 2021 Celeste Batel, su esposa de casi seis décadas y madre de sus tres hijos.

Nació el 1 de mayo de 1934 en la Ciudad de México, hijo único del general Lázaro Cárdenas del Río y de Amalia Solórzano Bravo. Creció entre los muros de Los Pinos, entonces residencia oficial, durante los años en que su padre, presidente entre 1934 y 1940, tejía la epopeya de la expropiación petrolera del 18 de marzo de 1938 y abría las puertas del país a los refugiados de la Guerra Civil española. Aquel niño, bautizado con el nombre del último emperador mexica, heredó no solo el apellido y la sangre purépecha de su padre, sino una ética de austeridad republicana, un rechazo visceral al lujo del poder y una desconfianza profunda hacia cualquier forma de autoridad que se perpetúa a sí misma.

Estudió el bachillerato en el Colegio de San Nicolás de la Universidad Michoacana y luego Ingeniería Civil en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde se recibió en 1957. Durante años se dedicó a las obras hidráulicas y al desarrollo regional. Trabajó en proyectos vinculados a la presa La Villita, en Michoacán, y en el Comité de Estudios de la Cuenca del Río Balsas. Fue un ingeniero práctico, de botas y planos, más cómodo midiendo caudales que pronunciando discursos. Pero la sangre no miente. En 1961 se acercó al Movimiento de Liberación Nacional. En 1963, el 2 de abril, se casó con Celeste Batel, una joven portuguesa de origen judío a quien había conocido tres años antes. Con ella formó una familia discreta y sólida: Lázaro, nacido en 1964 en Jiquilpan; Cuauhtémoc, arquitecto y promotor del Festival Internacional de Cine de Morelia; y Camila, de perfil más reservado.

Su ingreso formal a la política ocurrió dentro del Partido Revolucionario Institucional. En 1976 fue electo senador por Michoacán. En 1980 asumió la gubernatura del estado, cargo que desempeñó hasta 1986. Gobernó con sobriedad, sin los excesos del clientelismo que ya corroían al partido de Estado. Impulsó obras de infraestructura, atendió el campo y mantuvo una cercanía casi cotidiana con las comunidades indígenas y campesinas. Sin embargo, hacia mediados de la década de los ochenta, el PRI se inclinaba cada vez más hacia el tecnocratismo neoliberal y el “dedazo” como método de sucesión. Cárdenas, junto con Porfirio Muñoz Ledo, Ifigenia Martínez y otros, formó la Corriente Democrática. Exigían democratizar al partido, abrir la selección de candidatos y frenar la entrega de la soberanía económica. En 1987 la ruptura se consumó cuando Miguel de la Madrid designó a Carlos Salinas de Gortari como candidato presidencial.

Lo que vino después fue una de las gestas más luminosas y amargas de la historia mexicana contemporánea. En 1988, al frente del Frente Democrático Nacional —una coalición que reunió al Partido Auténtico de la Revolución Mexicana, al Partido Popular Socialista, al Partido del Frente Cardenista y a múltiples organizaciones sociales—, Cárdenas recorrió el país como un predicador laico. Las plazas se llenaban de gente que no pedía milagros, sino honestidad. El 6 de julio de aquel año, mientras los primeros resultados mostraban una ventaja del ingeniero, el sistema de cómputo de la Comisión Federal Electoral “se cayó”. Manuel Bartlett, entonces secretario de Gobernación, anunció la interrupción. Cuando el sistema “regresó”, Carlos Salinas de Gortari aparecía como ganador con más del 50 por ciento de los votos; a Cárdenas se le reconocía poco más del 31 por ciento. Días antes habían sido asesinados Javier Ovando y Román Gil, responsables de la red electoral del Frente. México entero comprendió que algo se había roto para siempre.

Cárdenas no llamó a la violencia. Llamó a la resistencia civil, a la movilización pacífica, a la defensa del voto. Con esa decisión —quizá la más importante de su vida— evitó un baño de sangre y sembró la semilla de la democracia electoral. El 5 de mayo de 1989, en el aniversario de la Batalla de Puebla, nació el Partido de la Revolución Democrática. Cárdenas fue su primer presidente nacional, cargo que ocupó hasta 1993. Volvió a contender por la Presidencia en 1994, frente a Ernesto Zedillo, y en 2000, frente a Vicente Fox. Perdió las tres veces. Pero cada derrota fue un escalón. En 1997, cuando por primera vez los capitalinos pudieron elegir a su jefe de Gobierno, Cárdenas triunfó de manera contundente con casi el 48 por ciento de los votos. Gobernó el entonces Distrito Federal desde el 5 de diciembre de 1997 hasta el 28 de septiembre de 1999, cuando renunció para buscar por tercera vez la Presidencia.

En esos casi dos años sentó las bases de lo que después sería la Ciudad de México moderna. Creó el Instituto de Vivienda del Distrito Federal, impulsó la Ley de Desarrollo Social —pionera en el país—, profesionalizó a la policía, combatió la corrupción en los mandos, estableció mecanismos de transparencia, reordenó el comercio informal en el Centro Histórico, fortaleció el programa Hoy No Circula y abrió espacios de participación ciudadana. No fue un gobierno espectacular ni populista. Fue un gobierno de institución y de principios. Cuando dejó el cargo, lo sucedió Rosario Robles.

Hombre de izquierda sin concesiones demagógicas, Cárdenas nunca se dejó seducir por el poder por el poder mismo. Su humanismo no era abstracto. Era concreto: la defensa de la soberanía energética, el respeto a las instituciones autónomas, la convicción de que la democracia no se agota en el día de la elección. En 2011 el Senado le otorgó la Medalla Belisario Domínguez. En noviembre de 2014, desencantado con el rumbo que tomaba el PRD —las “tribus”, las cuotas, la distancia con los movimientos sociales tras la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa—, presentó su renuncia irrevocable. Prefirió quedarse sin partido antes que traicionar sus convicciones.

La relación con Andrés Manuel López Obrador, a quien había impulsado en sus primeros años y con quien compartió la fundación del PRD, fue compleja. Fueron aliados, después se distanciaron, y en 2023 el entonces presidente lo llamó “adversario político” cuando Cárdenas se acercó a un colectivo crítico. Aun así, López Obrador siempre reconoció que sin él la realidad política del país habría sido otra. Con Claudia Sheinbaum la relación fue más cercana en los últimos años. En 2024 lo visitó en Michoacán; en 2026, ya como presidenta, lo nombró presidente honorario de la Comisión Consultiva del Petróleo de Pemex, un cargo simbólico pero cargado de sentido: el nieto de la expropiación regresaba, casi al final, a cuidar el legado paterno.

Sin la insurrección pacífica de 1988, sin el PRD que él ayudó a construir, sin la alternancia que forzó en la capital, la historia posterior habría sido otra. La Cuarta Transformación, con todos sus matices y contradicciones, tiene en Cuauhtémoc Cárdenas a su más remoto y más generoso precursor. Él abrió la brecha. Otros transitaron por ella.

En los últimos años, ya sin cargos, se convirtió en una especie de conciencia republicana. Asesoró, escribió memorias (Sobre mis pasos), habló cuando creyó necesario, y mantuvo hasta el final esa mezcla de dignidad y distancia que tanto irritaba a los poderosos de todos los signos. Días antes de su muerte había cancelado una conferencia en la Universidad Veracruzana por motivos de salud. El cáncer que lo aquejaba desde hacía tiempo avanzó en silencio.

La noche del 28 de octubre, mientras su cuerpo era trasladado al panteón donde yace Celeste, México se detuvo un instante. Políticos de todos los signos —de Vicente Fox a Felipe Calderón, de los dirigentes de Morena a los del PRI—, adversarios de antaño y aliados de siempre, coincidieron en un punto: había muerto un hombre íntegro. Un hombre que prefirió perder con dignidad a ganar con trampas. Un hombre de izquierda y de convicciones que, sin haber ocupado nunca la silla presidencial, cambió el destino de la República.

Hoy, cuando el sol del sol azteca que adoptó el PRD se oculta detrás de las montañas, queda el ejemplo. Cuauhtémoc Cárdenas no conquistó el poder. Hizo algo más difícil y más duradero: le enseñó a un país que el poder podía conquistarse sin renunciar a la ética. Y por eso, aunque ya no esté, su ausencia se siente como una presencia. Porque los hombres de principios no mueren del todo. Se convierten en la medida con la que juzgamos a los que quedan.


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