Andrés no es Andrés
Pablo Andrei Zamudio Díaz
Una torta de jamón, una mesa reservada y un recorrido por comunidades. Tres escenas de Andrés Manuel López Beltrán que, colocadas una junto a otra, plantean una pregunta más profunda que cualquier discusión sobre restaurantes o botellas: ¿quién es realmente?
Durante una gira por Tabasco, López Beltrán —conocido públicamente como Andy— apareció comiendo una torta en la vía pública y preguntó: “¿Si no fuera austero podría hacer esto?”.
La escena pudo quedar como una anécdota. Él decidió convertirla en declaración de principios. La torta dejó de ser solamente alimento: se volvió prueba de austeridad, cercanía con el pueblo y congruencia política. Una forma de decir quién era.
Dos semanas después, otra imagen dijo algo distinto.
López Beltrán se reunió durante varias horas en un restaurante de la colonia Condesa con su hermano Gonzalo, el diputado Daniel Asaf y los empresarios Juan Domingo Beckmann y Mauricio Garduño. Según la información publicada, afuera permanecieron camionetas con personal de seguridad y en la mesa se observó una botella identificada como Sassicaia, un vino de alta gama.
No sabemos qué se habló, quién pagó la cuenta ni si se utilizaron recursos públicos. La reunión no demuestra por sí misma una irregularidad y una botella costosa tampoco acredita corrupción.
La torta no prueba austeridad. La botella no prueba culpabilidad.
Ambas escenas son políticamente relevantes porque fue el propio López Beltrán quien decidió presentar sus hábitos personales como demostración de sus virtudes. Si comer en la calle servía para acreditar sencillez, no puede pretender que una reunión privada, rodeada de seguridad y lujo, carezca de significado.
Quien convierte una imagen en certificado de identidad queda expuesto a que otras imágenes sean utilizadas para contrastarla.
Días antes había afirmado que la austeridad era “un asunto de principios” y que debía vivirse en la “justa medianía”. Nadie le exigió pobreza ni precariedad. Fue él quien eligió la austeridad como medida de su autoridad moral.
La discusión no consiste en determinar si podía pagar determinados gustos. La pregunta es si vive conforme al principio con el que pretende distinguirse de los demás.
Después de que la reunión se hizo pública apareció una tercera escena. López Beltrán difundió un video desde comunidades de Tacotalpa, llamó “espía” al periodista que reveló el encuentro y “pasquín” al periódico que publicó las imágenes. Luego sostuvo que el cónclave verdaderamente importante era el que realizaban “con la gente, casa por casa”.
No explicó la reunión. Sustituyó una imagen por otra.
Cambió la mesa privada por el recorrido público, el restaurante por la comunidad y las preguntas por una nueva proclamación de cercanía con el pueblo. Pero caminar por Tabasco no hace desaparecer una reunión en la Condesa, del mismo modo que aquella reunión tampoco vuelve falsos sus recorridos por las comunidades.
Una imagen no cancela la otra.
Es posible que las tres sean auténticas. Las personas no somos una sola escena. La contradicción comienza cuando pretendemos que la imagen conveniente contenga toda nuestra verdad y que la incómoda sea únicamente producto del espionaje o la persecución.
López Beltrán no es necesariamente quien dice ser.
También ha reivindicado su nombre completo. Quiere ser llamado Andrés Manuel porque reconoce en ese nombre una historia y el legado político de su padre.
Pero un nombre puede heredarse. Una identidad, no.
Andrés Manuel López Beltrán no es Andrés Manuel López Obrador. Compartir el nombre y los apellidos no convierte al hijo en continuación del padre. Los apellidos pueden transmitir reconocimiento, proximidad con el poder y oportunidades. No transmiten austeridad, congruencia ni autoridad moral.
Las virtudes no se heredan. Las culpas tampoco.
Hay una paradoja todavía mayor: Andrés Manuel López Obrador tampoco fue enteramente, desde la Presidencia, el Andrés Manuel que durante años prometió ser.
El dirigente opositor ofreció una transformación moral de la vida pública. Prometió que el poder dejaría de ser privilegio, que la austeridad distinguiría al nuevo gobierno y que las personas cercanas serían sometidas a los mismos principios exigidos a sus adversarios.
El ejercicio del poder mostró la distancia entre aquella promesa y el gobierno real. La lealtad desplazó con frecuencia a la crítica. Las preguntas comenzaron a juzgarse por su procedencia y no por su contenido. Las contradicciones propias recibieron tolerancias que difícilmente se concedieron a las ajenas.
Eso no significa que nada haya cambiado ni que todo haya sido una simulación. Significa algo más preciso: el Andrés Manuel que gobernó no coincidió por completo con el Andrés Manuel que había prometido gobernar.
El hijo no es igual al padre. Sin embargo, ambos enfrentan la misma distancia entre el personaje proclamado y la persona que los actos terminan revelando.
El nombre se repite. La promesa también. La congruencia es lo que no aparece con la misma claridad.
El poder no siempre transforma a las personas. A veces solamente elimina los límites que les permitían conservar una determinada imagen de sí mismas. Cuando el entorno justifica cada contradicción y toda pregunta se interpreta como ataque, ya no sabemos si el poder cambió a alguien o simplemente nos permitió conocerlo.
Quizá la llamada transformación terminó operando únicamente sobre el lenguaje.
El lujo pudo llamarse justa medianía. La cercanía con el poder, cercanía con el pueblo. La ausencia de explicaciones, derecho a la vida privada. Las preguntas se convirtieron en espionaje y las contradicciones en campañas de desprestigio.
Lo que debía transformar las conductas terminó transformando solamente las palabras utilizadas para nombrarlas.
Hasta ahí alcanza la crítica política. Más allá existe un límite que, como constitucionalistas y como personas que aspiramos a vivir una justicia de verdad, no debemos cruzar.
Las imágenes permiten cuestionar la congruencia de López Beltrán, pero no acreditan la comisión de un delito. No sabemos qué ocurrió en aquella mesa ni existe, por esos hechos, prueba pública de una conducta ilícita. Sostener lo contrario sería convertir una sospecha en sentencia.
La presunción de inocencia no prohíbe preguntar. Prohíbe condenar sin pruebas.
Sea Andrés Manuel el padre o el hijo, ambos, como cualquier otra persona y con el nombre o apellido que tengan, gozan y gozarán de ese principio frente a cualquier imputación delictiva mientras su responsabilidad no sea demostrada en un proceso y declarada mediante sentencia.
Nos guste o no.
La presunción de inocencia no es presunción de austeridad, honestidad o veracidad. No los vuelve congruentes ni los coloca fuera del escrutinio público. Podemos contrastar sus palabras con sus actos y cuestionar la identidad que pretenden proyectar. Lo que no podemos hacer es convertir una contradicción en prueba de culpabilidad.
La Constitución no demuestra su fuerza cuando protege a quienes consideramos inocentes, sino cuando contiene nuestras certezas frente a quienes ya hemos decidido condenar.
De otro modo, no juzgaríamos realidades probadas. Condenaríamos expectativas incumplidas, sospechas y apellidos.
Hoy no sabemos quién es quién. No sabemos si quienes se presentaron como protagonistas de la transformación querían cambiar las estructuras o solamente ocuparlas; si alguna vez quisieron transformarse ellos mismos o si la ideología política de Morena terminó por transformarlos únicamente “de nombre”.
Ni el nombre demuestra virtud ni el apellido acredita culpa.
Una transformación fracasa cuando cambia el nombre de las cosas, pero deja intactas las conductas. La justicia desaparece cuando hace lo mismo y llama verdad a la sospecha.
