autismo-y-pirotecnia

Pablo Andrei Zamudio Díaz

Hay sonidos que significan cosas distintas según quién los escuche.

En muchos pueblos de México, un cohete al amanecer anuncia la fiesta. Sube desde el atrio, truena sobre los techos y la gente sabe que ese día habrá misa, procesión y baile. Para la mayoría, ese estruendo es alegría.

Para una niña de un municipio de Veracruz era otra cosa.

La niña vive con autismo. Según relató su madre, además tiene hiperacusia, una sensibilidad extrema al sonido. Lo que para otros es ruido, para ella puede ser dolor. Cuando los cohetes se usaban sin medida, le provocaban pánico, ansiedad, dolor en los oídos y un malestar que podía durarle el día entero, o más.

Pienso en esa escena desde los dos lados de la calle. De un lado, alguien enciende la mecha, mira al cielo y espera el estallido, sin ninguna mala intención. Del otro, detrás de una pared, hay alguien para quien ese mismo sonido es una agresión. Ninguno ve al otro.

Muchas injusticias cotidianas empiezan así. Nadie quiso dañar a nadie. Nadie pensó en quien estaba del otro lado.

En agosto de 2022, la madre pidió al ayuntamiento algo sencillo: que fijara unas horas en las que se pidiera a la gente no tronar cohetes, y que se buscara la forma de reducir su uso.

Tres días después, el ayuntamiento acordó recomendar a la población que los quemara dentro del horario que ya permitía la ley estatal contra el ruido, de las seis de la mañana a las once de la noche. Diecisiete horas. También acordó citar a la madre para que explicara el caso de su hija ante las autoridades del municipio y ante los comités de las calles. Según manifestó ella en su demanda, se enteró de esa respuesta casi seis meses después.

Me detengo en eso. A quien pedía unas horas de calma se le respondió con las diecisiete que ya existían. A quien cargaba con el daño se le pidió, además, que fuera a explicarlo.

Hay pocas cosas tan agotadoras como tener que explicar el propio dolor, una y otra vez, ante quienes no lo sienten, para que alguien acepte que existe. Lo saben muchas familias de personas con discapacidad.

La madre no se rindió. Acudió a un juez federal mediante un juicio de amparo, que es el medio con el que cualquier persona puede defenderse cuando una autoridad afecta sus derechos. En junio de 2023, el juez le dio la razón en cuanto a la respuesta del ayuntamiento, pero no en cuanto a la ley. Ella recurrió esa decisión, y el asunto llegó a la Suprema Corte, que lo resolvió el 28 de octubre.

La Corte no prohibió los cohetes en general, y la ley de Veracruz sigue vigente. Pero la mantuvo con una condición que, me parece, es más profunda que cualquier prohibición: antes de dar un permiso para quemar cohetes, la autoridad tiene que preguntarse si ese ruido puede dañar a las personas con autismo, en especial a niñas y niños. Si puede dañarlas y no hay forma de evitarlo, el permiso no se da.

Detrás de esa respuesta hay una idea que cambia la manera de mirar. Durante mucho tiempo se pensó que la discapacidad estaba solo en la persona, en su cuerpo o en sus sentidos. En la sesión en que la Corte resolvió el asunto se habló de otra forma de verlo, el llamado modelo social de la discapacidad: la discapacidad aparece cuando la condición de una persona se encuentra con un mundo que no la toma en cuenta.

A la niña no se le puede pedir que oiga de otra manera. Al mundo sí se le puede pedir que haga menos ruido.

En esa misma sesión, uno de los ministros lo dijo así: no se trata de trasladar a las personas con autismo “la carga de aislarse, abandonar el espacio público o soportar los efectos de una actividad potencialmente dañina”, sino de “exigir que la autoridad intervenga sobre el entorno”.

Nada de esto va contra las fiestas. Las fiestas guardan la memoria de los pueblos y reúnen a las familias. La costumbre merece respeto; también lo merece la niña que no puede soportarla.

Me parece que la lección va más allá del ruido. Casi todo lo que hacemos en común está pensado para la mayoría: las calles, los horarios, las escuelas, las fiestas. Casi siempre funciona, porque la mayoría es la que llena la plaza. La justicia empieza cuando alguien se pregunta por quien no está en ella, por quien se quedó en casa porque la plaza le dolía.

La Constitución, en su artículo 1, obliga a todas las autoridades a proteger los derechos humanos. A todas. También a la del pueblo más pequeño, la que firma el permiso para la quema del día del santo.

Entre la petición de aquella madre y la respuesta de la Corte pasaron más de cuatro años. Para una niña, cuatro años son buena parte de la infancia. No sé cuántas fiestas hubo en ese tiempo. Sé que la respuesta llega a tiempo para las que vienen: las posadas, el 12 de diciembre, el año nuevo.

Un cohete tarda unos segundos en subir. Antes de encenderlo cabe una pregunta muy simple: ¿quién está cerca?

Hacerse esa pregunta no cuesta casi nada. No hacérsela puede costarle a alguien un día entero de miedo.

Mientras alguien tenga que esconderse para soportarla, una fiesta todavía no es de todo el pueblo


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