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Pablo Andrei Zamudio Díaz

Hace unos días, una persona me hizo una confidencia que me dejó pensando. Me dijo que le incomodaba que, al cumplir sesenta años, muchas personas dejaran de verla simplemente como una persona para comenzar a llamarla anciana. No cuestionaba la palabra por sí misma. Lo que le inquietaba era que, por el solo hecho de alcanzar cierta edad, una etiqueta pareciera imponerse sobre todo lo demás.

Aquella conversación me llevó a una pregunta que quizá vale la pena hacernos: ¿en qué momento la edad comenzó a ocupar un lugar más importante que la persona?

Las palabras no sólo describen la realidad. También revelan la forma en que decidimos mirar a quienes nos rodean.

En los últimos años se ha vuelto frecuente evitar la palabra anciano para sustituirla por expresiones como persona mayor o persona adulta mayor. En realidad, la discusión quizá nunca ha estado en las palabras. Ha estado en la manera en que entendemos a la persona. Por eso, la verdadera reflexión no consiste en decidir cuál expresión debe prevalecer, sino en el sentido con el que elegimos nombrarnos unos a otros.

Durante siglos, llamar anciano a alguien era un reconocimiento. En numerosas civilizaciones, los ancianos integraban los consejos de gobierno, resolvían conflictos y transmitían la memoria colectiva. Su edad no simbolizaba decadencia, sino autoridad moral. La experiencia era un mérito. La sabiduría era una fuente de legitimidad.

La pregunta inevitable es: ¿qué cambió?

Tal vez no fue la palabra, sino nuestra percepción de la vejez. Poco a poco comenzamos a asociarla casi exclusivamente con la enfermedad, la dependencia o la vulnerabilidad. Esa transformación también se refleja en la manera en que comunicamos la realidad.

Pensemos en un titular frecuente: “Atropellan a una anciana”. La expresión no es incorrecta. Incluso puede ser útil cuando la edad guarda relación con la noticia. Sin embargo, vale la pena preguntarnos qué revela esa elección de palabras. Antes que anciana, la víctima es una persona. Su dignidad no nació con los años ni depende de ellos.

Lo mismo ocurre con expresiones como “Asaltan a un anciano” o “Abandonan a una anciana”. Sin advertirlo, la edad termina ocupando el lugar de la identidad. Dejamos de mirar a una persona concreta para mirar una categoría.

La reflexión alcanza incluso una dimensión más profunda. La lástima no siempre dignifica. A veces, casi sin advertirlo, coloca a la otra persona en un plano distinto al nuestro. La miramos desde su aparente fragilidad antes que desde su condición humana. El respeto hace exactamente lo contrario: nos recuerda que compartimos una misma dignidad, sin importar la edad, la fortaleza física o la etapa de la vida en que nos encontremos.

Quizá por eso expresiones como “Atropellan a una anciana” invitan a una reflexión adicional. No porque la palabra anciana sea incorrecta, sino porque puede llevarnos a mirar primero una condición y sólo después a la persona. Cuando eso ocurre, la etiqueta comienza a ocupar el lugar de la identidad.

Sin embargo, basta observar nuestro entorno para advertir que esa visión resulta insuficiente. Hay personas de ochenta años que continúan ejerciendo su profesión, dirigiendo empresas, enseñando, escribiendo, investigando, viajando o iniciando nuevos proyectos. Muchas de ellas no se sienten definidas por la edad. Quizá tampoco desean ser reducidas a una etiqueta que, en el imaginario colectivo, suele ir acompañada de ideas de fragilidad.

No se trata de prohibir una palabra. Tampoco de afirmar que anciano sea, por sí mismo, un término ofensivo. Lo verdaderamente importante es no permitir que cualquier condición eclipse aquello que nunca cambia: la persona.

Nadie agota su identidad en una sola característica. Somos mucho más que nuestra edad, nuestra profesión o cualquier otra circunstancia. Cuando dejamos que una etiqueta sustituya el nombre, la historia y la individualidad de alguien, comenzamos a mirar categorías en lugar de seres humanos.

Quizá por eso expresiones como persona mayor han encontrado tanta aceptación. No porque la palabra anciano sea necesariamente incorrecta, sino porque colocan en primer lugar lo esencial: la persona. La edad aparece después, como una característica más. Nunca como la definición de quien la vive.

La dignidad humana no aumenta ni disminuye con el paso de los años. Tampoco debería hacerlo el respeto con el que hablamos de quienes los han vivido. La justicia de verdad no comienza únicamente en los tribunales ni se agota en las leyes. Comienza en la forma en que miramos a quienes nos rodean y continúa en el lenguaje con el que decidimos nombrarlos. Cada palabra puede convertirse en un acto de reconocimiento o en una forma de reducir a alguien a una sola condición.

Quizá el mayor error nunca ha sido llamar anciano a alguien. El verdadero error comienza cuando una palabra pesa más que una vida, cuando una etiqueta alcanza a ocultar un nombre, una historia, una familia, unos sueños y todo aquello que hace única a una persona.

Los años podrán marcar el rostro, el cabello o el paso. Lo único que jamás deberían marcar es el valor con el que miramos a quien tenemos enfrente.

Tal vez la sociedad que anhelamos no sea aquella que encuentre el término perfecto para nombrar la vejez. Será aquella que haya aprendido que ninguna edad, ninguna condición y ninguna circunstancia pueden resumir la grandeza de un ser humano. Ese día habremos entendido que la dignidad no se cumple con los años ni se pierde con ellos. Simplemente existe. Y cuando somos capaces de reconocer a la otra persona como nuestra igual, sin necesidad de etiquetas, comenzamos a construir la forma más profunda y silenciosa de justicia de verdad.


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