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Pablo Andrei Zamudio Díaz

Hace unas horas terminó la participación de la selección mexicana en la Copa del Mundo. Como ocurre cada cuatro años, volveremos lentamente a nuestras rutinas. Dejaremos de discutir alineaciones, arbitrajes y planteamientos tácticos para regresar a los problemas de siempre: la inseguridad, la desigualdad, la corrupción, la impunidad, la educación y la salud.

El Mundial se acaba. Pero hay otro campeonato que nunca se detiene.

Durante semanas vimos un país entero vestir los mismos colores, abrazar a desconocidos después de un gol y sufrir unido después de una derrota. Por unos días desaparecieron las diferencias políticas, económicas e ideológicas. Bastó una camiseta para recordarnos que todavía somos capaces de emocionarnos juntos.

Sin embargo, la pregunta vuelve a imponerse cuando el estadio se queda en silencio: ¿por qué esa capacidad de unidad dura apenas noventa minutos?

Nos emociona competir contra las mejores selecciones del mundo, pero rara vez aceptamos competir contra las mejores naciones del mundo.

Ese debería ser nuestro verdadero Mundial.

No basta con aspirar a ganar partidos. Debemos aspirar a ganar calidad educativa, instituciones confiables, seguridad, productividad, innovación, justicia y movilidad social. Ahí es donde verdaderamente se define la grandeza de un país.

Una selección nacional representa el resultado de años de formación, disciplina y trabajo institucional. Lo mismo ocurre con una nación. Ningún país llega al desarrollo por inspiración momentánea; llega porque millones de personas, durante décadas, deciden hacer correctamente aquello que les corresponde.

Quizá por eso la derrota deportiva no debería entristecernos tanto como la resignación social. Perder un partido forma parte del deporte. Perder la convicción de construir un mejor país sí representa una derrota mucho más profunda.

Ahora nos toca a nosotros seguir compitiendo.

Nos toca alinear nuestros principios alrededor del bien común. Nos toca exigir instituciones que funcionen, rechazar la corrupción aunque nos beneficie, respetar la ley aun cuando nadie nos observe y entender que la ciudadanía también se entrena todos los días.

El uniforme verde volverá a guardarse en el clóset hasta el próximo torneo. Pero la camiseta de ciudadanos nunca nos la quitamos.

Porque el Mundial terminó para la selección.

Ahora comienza el campeonato de la sociedad.

Y ese es el único cuya victoria puede convertirnos, por fin, no solo en una potencia futbolística ocasional, sino en una mejor nación.


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