¡Pobre Cancún! Tan cerca de Ana Paty Peralta y del Partido Verde Ecologista de México… Y tan lejos de su gente
El Gato Maya 🐾
Cancún cumple hoy 56 años. Y como buen festejo, hay de todo: desde desfiles con políticos de actualidad, desayunos con fundadores, picnics con todo tipo de personalidades y baile popular masivo en el Malecón Tajamar, y por supuesto las infaltables fotos del recuerdo, esas donde todo parece estar en orden… aunque la ciudad se esté desmoronando por dentro.
Y es que mientras el gobierno presume una ciudad vibrante, los datos —esos que no salen en la selfie— muestran la cruda realidad: la de un municipio que se fragmenta entre la simulación política y la realidad social.
Y sí, hay que decirlo con todas sus letras: bajo la administración de Ana Patricia Peralta de la Peña, arropada —dicen los que saben y los que padecen— por los intereses del Partido Verde Ecologista de México no de Morena,
Cancún no sólo enfrenta problemas… los está normalizando. Vamos a los números, que esos no militan en ningún partido.
De acuerdo con el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, Quintana Roo ha sostenido en los últimos años tasas elevadas de homicidio doloso, con Benito Juárez encabezando la lista estatal. Traducido al español cancunense: ejecuciones, muchas de ellas con sello de crimen organizado, que dejaron de ser noticia para convertirse en rutina.
A esto súmele el deporte extremo del comercio local: sobrevivir al cobro de “derecho de piso”. Cámaras empresariales y la prensa local coinciden en lo mismo: negocios pequeños, medianos y hasta formales operan bajo presión de grupos criminales. Y no denuncian. No porque no quieran… sino porque saben lo que pasa cuando alguien “habla de más”.
Pero también están los “levantones”, esos que no siempre entran en la estadística bonita, pero sí en las transmisiones en vivo de Facebook, en los grupos vecinales de WhatsApp y en el miedo cotidiano. Privaciones ilegales de la libertad, desapariciones y secuestros que se diluyen en la cifra negra, esa que tanto incomoda… porque no se puede maquillar.
Y mientras tanto, el gobierno insiste en que atiende “la raíz del problema”. Vamos a verla:
El 22% de los estudiantes en Quintana Roo ha consumido drogas alguna vez y casi uno de cada cinco ha probado sustancias ilegales. No son adultos, son adolescentes que cursan la secundaria.
Y es que en Cancún, los centros de atención —que no dependen del gobierno y se sostienen con recursos propios— reportan más de 100 mil atenciones anuales por adicciones, con una tendencia creciente y cada vez más preocupante en menores de edad.
Y como diría aquel presidente que tanto se caricaturiza: “aquí es donde uno se pregunta”… ¿dónde está la familia?
La respuesta también viene en números: 83.5% de los adolescentes en contextos delictivos proviene de hogares donde los adultos consumían alcohol con frecuencia, y cerca de un tercio creció con familiares en prisión. Es decir, la descomposición no empieza en la calle… empieza en casa.
Y cuando la casa se rompe, la ciudad se quiebra.
Quintana Roo registra además altas tasas de divorcio, violencia intrafamiliar y desintegración del núcleo familiar, mientras más del 56% de niñas, niños y adolescentes vive en condiciones de pobreza. El escenario perfecto para que el crimen organizado no solo reclute… sino sustituya.
Sí, sustituya. Porque donde no llega la familia, llega la calle. Y donde no llega la autoridad, llegan otros.
Y por si faltara algo, conviene recordarlo: la inseguridad también se paga. Según la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública, el impacto económico del delito en el estado supera los 3.5 mil millones de pesos, con un costo de miles de pesos por persona afectada. Una especie de “impuesto del miedo” que nadie votó… pero que todos terminamos pagando.
Y aun así, el discurso oficial insiste en que vamos bien…
Pero no me malinterprete: no es que Cancún no necesite fotos conmemorativas. Claro que sí, que se las tome, que sonría, que celebre. Pero una cosa sí le digo: una ciudad no se gobierna con filtros, se gobierna con decisiones.
Porque mientras se cortan listones y se organizan eventos, la ciudad enfrenta una crisis que ya ni siquiera es silenciosa: jóvenes atrapados en adicciones, familias fracturadas, colonias dominadas por el miedo, negocios extorsionados y una violencia que se volvió paisaje.
A los 56 años, Cancún debería estar consolidando su futuro… no perfeccionando el arte de administrar su propio deterioro.
Y aquí es donde el gato —este viejo gato maya— afila el bigote: cuando los indicadores caminan por un lado y el discurso desfila por otro, no estamos ante un error… sino ante un montaje bien ensayado: Una estrategia de simulación.
Porque gobernar no es bailar y posar ante más de 30 mil personas con “Los Ángeles Azules” en Tajamar, ni repetir que todo está bajo control. Gobernar es entrarle al problema, aunque incomode, aunque cueste, aunque no dé para foto.
Porque hoy Cancún vive en dos realidades: la que se presume… y la que se padece. Y entre ambas, gobierna una distancia peligrosa.
Por eso lo digo sin rodeos: ¡pobre Cancún! No por falta de belleza, ni de historia, ni de gente chambeadora… sino por estar tan cerca del poder y tan lejos de las soluciones; por esa distancia —cada vez más insultante— entre lo que es… y lo que insisten en hacernos creer que es.

